Clima

Es fácil caer en el desaliento ante el cambio climático. La situación es apremiante, y si hacemos caso al IPCC tenemos por delante doce años para impulsar “un giro sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad”. Maldecir la falta de acción política y quedarse cruzado de brazos no puede ser una opción. Al fin y al cabo, los pequeños grandes cambios están en nuestras manos…

Bajar del coche. Moverse por la ciudad en un coche de combustión tiene que verse como una reliquia del pasado. Hacerlo en un coche híbrido o eléctrico, o abonarse al coche compartido quedarse a medio camino. El transporte es el responsable del 26% de la emisiones de CO2. Lo ideal sería prescindir totalmente del coche en los cascos urbanos y buscar alternativas: transporte púbico y/o bicicleta.

Subirse a la bici. La bicicleta no es solo el sistema de transporte más ecológico, también el más eficiente y el más económico. En Copenhague, el 41% de los desplazamientos en el centro es en bicicleta. Los habitantes de la capital danesa pedalean al día 1.340.000 kilómetros (suficientes para dar 31 vueltas a la Tierra) y evitan emitir al año 90.000 toneladas de CO2.

Comer menos carne. La veinte mayores empresas cárnicas y lácteas del mundo emitieron más gases invernadero que Alemania, según un informe del Fundación Heinrich Böll. La industria ganadera estás detrás del 18% de las emisiones de gases invernadero. Y España es subcampeona de Europa en el consumo de carne (94 kilos per capita al año, según Greenpeace). Se puede empezar por los “lunes sin carne” y extender el hábito al resto de la semana. El veganismo gana adeptos día a día por razones éticas, ambientales y de salud.

Comprar local. El consumo de productos locales, ecológicos y de temporada es vital para reducir el impacto de la agricultura (y del transporte) en el cambio climático. Comprar productos de “kilómetro cero”, apostar por los comercios locales, comprar en mercados de agricultores o abonarse a una cooperativa de consumo son alternativas que tenem deseable a las grandes superficies.

Cambiar de energía. Cambiar de energía es tan fácil como cambiar de contrato. Las pequeñas comercializadoras facilitan los trámites y proporcionan un certificado de garantía de origen. Las cooperativas de energía renovable van un paso más allá y dan además la opción de convertirse en “socio” activo de la transición energética. Una “cura de enficiencia” nos permitirá mejorar el aislamiento del hogar y ahorrar hasta un 30% en la factura de la luz. La mejor energía es la que no se consume: el “megavatio”.

Reducir, Reusar, Reclamar… “El mejor residuo es el que no se produce”. Frente al “usar y tirar” de la economía lineal, la economía circular propone un cambio radical de nuestros hábitos de producción y consumo. Reciclar es la última opción, pero antes hay que “reducir”, “reusar” y “reparar”… Y “reclamar” también un profundo cambio a las empresas, especialmente en industrias como la moda o la electrónica, que llevan la “obsolescencia programada” en su ADN y están generando una carga insoportable al planeta.

Amar el planeta. Una cosa es ser activistas y otras es ir de “redentores” por la vida. Con mensajes alarmistas como “salvar” el planeta no llegaremos muy lejos. Llegado el caso, el planeta se “salva” por sí mismo, al margen de la especie humana. Como alternativa, la educadora “verde” Heike Freire propone un lema positivo para embarcar a los niños en la ardua tarea de las próximas décadas: “Amar la Tierra”. Lo que no tenemos por delante no es solo un cambio de estilo de vida, sino un cambio de conciencia.

 

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