Fragilidad

Qué frágiles somos, cantaba Sting. Con qué facilidad nos rompemos. Cómo estamos a expensas de esa fuerza que algunos llaman el destino. Qué escurridizo es el presente y qué inescrutable sigue siendo el futuro…

Yo era de los que creían en la ley del karma. Cuanto más das, más recibes. Las acciones buenas generan acciones buenas. Si evitas hacer el mal, estarás cubierto por una especie de hado protector que te ayudará a esquivar los infortunios.

Pero resulta que no. Los accidentes ocurren. La muerte acecha. Las desgracias golpean de un día para otro, en una suerte de macabra lotería. A quien le toca, le toca. “Shit happens”, como dicen en inglés. “La mierda ocurre” (con perdón).

Lo opuesto a la fragilidad es la ductilidad: esa propiedad envidiable que tienen las aleaciones metálicas para deformarse plásticamente sin romperse. Los humanos, por desgracia, no somos “materiales ductiles”. La carne es débil y la sangre brota (de nuevo Sting). Y conviene no olvidar lo frágiles que somos.

En los momentos álgidos, de confianza extrema, podemos llegar a creernos héroes por un día (ahora Bowie). Pero al menor descuido –al cruzar un semáforo, al doblar una curva, a la vuelta de la esquina- puede estar esperándonos lo inesperado…

La vida es un regalo. Y cada día nos llega envuelta en uno de esos paquetes con la consabida advertencia: “Frágil: tratar con cuidado”.

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