Mindlessness

Ahora que tanto se habla del “mindfulness”, ahora que la “atención plena” se ha extendido de la vida diaria a la gestión de las empresas, va siendo tal vez hora de reclamar un poco “mindlessness”, para dejar que la mente vaya de vez en cuando a su aire y sin tanto autocontrol.

Admito que fui uno de los más entusiastas seguidores de Jon Kabat-Zinn, que leí “Mindfulness en la vida cotidiana” mucho antes de u traducción al español, atraído por su título original: “Donde quiera que vayas, allí estás”. Le entrevisté en su día y todos sus libros tuvieron una influencia muy directa en mi vida, especialmente el dedicado al “mindful parenting”.

Pero llega un momento en que uno toca el techo de la “atención consciente”, que puede convertirse en una práctica obsesiva como cualquier otra y te puede aislar del mundo en tu propia burbuja, y alterar hasta cierto punto tu percepción de la realidad.

Al fin y al cabo, no tenemos más que fijarnos en los niños, que viven en el aquí y ahora de un modo natural, sin que tengan que cuadrar la postura del loto o dejar todo lo que tengan entre manos cuando suenen unas campanas tibetanas. Ellos se guían por la curiosidad y por la acción, y alternan de manera espontánea los momentos de atención plena y de ensoñación total, dejando que la mente salte libremente de rama en rama.

Habrá quien diga que abonarse al “mindlessness” es poco más o menos que apretar el botón de piloto automático, y seguir funcionando como hasta ahora, sin prestar un mínimo de atención a lo que hacemos o pensamos. Yo diría que se trata más bien de un resorte liberador, que nos invita periódicamente a desconectar de nosotros mismos, a abrir las puertas de la intuición y a conectar con los ojos abiertos con el mundo que nos rodea.

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