Agosto

Agosto, la travesía del secano. El canto irresistible de las sirenas. La promesa azul que se dibuja más allá del horizonte. La meta esquiva que se diluye ante nuestros ojos…

“Hombre libre, amarás siempre el mar”, decía Baudelaire, pensando sin duda en los marineros en tierra, náufragos de la meseta, aquejados como estamos de una zozobra a la inversa que solo podemos aliviar por estas fechas.

“En sueños, la marejada me tira del corazón” (Alberti). Uno cierra los ojos, con el rumor del mar a los lejos, y es como volver a ser niño, arrullados por la Madre Tierra. Uno camina descalzo por la orilla, o siente la embestida de la primera ola, y es como volver a la infancia eterna, a los días que se estiran hasta el infinito y a las noches de luna llena.

Dicen que el mar tiene propiedades similares a las del plasma sanguíneo, que nuestros cuerpos absorben por ósmosis el cloruro de sodio, de potasio y de magnesio, y a todo esto van y lo llaman talasoterapia. Hipócrates hablaba de las virtudes terapéuticas del mar y los héroes de Homero se forjaban en el oleaje, y volvían tierra con energías renovadas.

Habrá quien prefiera la montaña, que limpia los pulmones, despeja la mente y siempre queda más cerca. Pero el mar es sin duda la salud total, la gota inagotable, el surtidor de la vida.

Este agosto, como todos, que me busquen en la mar serena.

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