El “pionero” de los tejados verdes

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Árboles frutales, patatas, lechugas, acelgas, cebollas... Joan Carulla, 92 años, fue la avanzadilla de la huerta urbana: hace 30 años empezó a cultivar 260 m2 en las terrazas de su casa de Barcelona, en un quinto piso. Y lo ha convertido en un vergel comestible en plena ciudad. 

Joan Carulla se adelantó a todos. Cuando el venerado payés urbano empezó a cultivar en las azoteas del barrio de Clot, nadie hablaba de agricultura en las ciudades, y menos aún de tejados “verdes”. Ahora la tendencia se extiende por todo el mundo, desde Barcelona a Manhattan, pasando por Londres, Berlín o Madrid, donde el “chef” Floren Domezain cultiva borrajas en los altos del hotel Wellington.

Pero Joan Carulla, 92 años, fue el pionero: el auténtico "abuelo" de los tejados “verdes”, alimentando con su sabiduría natural ese increíble vergel en las alturas que echó raíces hace más de 30 años y ahí sigue...

"La cosecha más importante es este intercambio de vibraciones positivas con las plantas", asegura el "señor Carulla", caminando con una energía envidiable en su huerto del quinto piso, mientras come sobre la marcha unos nísperos y echa el ojo a las hileras de patatas. "Yo siempre digo que la horticultura es la gimnasia perfecta: te agachas por aquí, te estiras por allá... Imagino que ése es el secreto para llegar a esta edad: eso y la dieta, vegetariano desde los diez años".

Joan Carulla nació allá por 1923 en Juneda (Lleida), un pueblo agrícola en lal ribera del Segre, hasta donde llegaban los cañonazos del frente del Ebro durante la Guerra Civil... "Llevo toda mi vida llorando el millón de muertos. En mi pueblo cayeron más de cien y pasamos todo tipo de penurias. Solo nos quedó para comer patatas. Tuve la miseria cogida del cuello hasta los 33 años".

En los años cincuenta, con el oficio del campo aprendido de su abuelo y de su padre, Joan Carulla hizo el hatillo y se fue a Barcelona: "Me vine porque no tenía tierras. Abrí una tienda de ultramarinos y fui presidente del gremio local. Eran otros tiempos, cuando se podía prosperar con un pequeño negocio, no como ahora. Digamos que no me fue mal, y acabé teniendo mi terrenito en una azotea".

Tres terrazas, tres, cultiva el Señor Carulla. Son 260 metros cuadrados en total, y setenta toneladas de tierra. Una capa de tela asfáltica impide que las raíces penetren hacia abajo y un sistema de drenaje previene las humedades. La vegetación garantiza el aislamiento contra el frío en invierno y el calor en veranos. Hasta 15.000 litros de agua es capaz de almacenar con un sistema casero de captación de lluvia. Una tercera parte de la tierra que pisamos es pura materia orgánica...

"Si en algo soy maestro es en el compostaje. Yo siempre he aprovechado todo, salvo el vidrio y la loza. Hasta las botellas de plástico las utilizo para proteger las uvas de los pájaros... Y bajo nuestros pies, descomponiéndose, tenemos basura orgánica, cajas de frutas, cartón del supermercado, facturas de papel y hasta persianas que no he querido tirar. Se lo echo a la tierra, que lo agradece todo".

Se diría que Joan Carulla ha rejuvenecido desde que le inmortalizaron hace seis años en el documental "Utopía" (de Lucho Iglesias y Alex Ruiz). El hortelano en las alturas vuelve estos días a la palestra en "El Jardín Escondido", el maravilloso libro de Pilar Sampietro e Ignacio Somovilla. Decenas de agricultores urbanos y curiosos se acercan todos los meses a visitar al "abuelo"(cuatro nietos) de los tejados comestibles, que tal día como hoy recibe a su amigo Pep Puig ("el único que de verdad me apoyó cuando era concejal de Ciudad Sostenible") y a Mariano Bueno, autor de "El huerto familiar ecológico".


Con Pep Puig, concejal de Ciutat Sostenible en el Ayuntamiento de Barcelona, de 1995 a 1999. 

Joan Carulla llora de emoción en un singular abrazo con sus viejos y nuevos amigos, en el vergel de esa azotea es todo un bosque comestible con 40 árboles frutales (pronto llegarán las ciruelas, y después los albaricoques y los melocotones) y la cosecha ya lista de los puerros, las habas y los ajos, esperando a los tomates, los pimientos y las berenjenas...

"Puedo comer de la terraza gran parte del año, y patatas suele haber para toda la familia. Lo que me sobra lo doy, yo no hago negocio con esto. Eso sí, me ahorro unos buenos euros en la cesta de la compra. Y no hay nada como saborear lo que tú mismo recolectas esa mañana. Todo ecológico y sano".

Se agarra Joan Carulla con firmeza a las barras metálicas estratégicamente situadas entre las parcelas y por las que trepan las parras (hasta cien kilos de uvas). De barra en barra va avanzando casi con los ojos cerrados, sin interferir excesivamente en el particular ecosistema de la terraza: "Eso que llamamos malas hierbas son plantas cuyas cualidades aún no hemos descubierto. Hay que quitarlas pidiéndoles perdón".

Desde la azotea del Señor Carulla se domina el barrio del Clot, que hasta hace poco más de un siglo mantuvo su carácter rural, rodeado de torres y de masías. Joan está convencido de que se podría hacer más, mucho más por volver a traer la esencia de la huerta a la ciudad, y lo que más le preocupa es como transmitir la sabiduría a sus hijos y a sus nietos, y a todo aquel que decida hacerse agricultor en la alturas...

"Dicen que solo aprovechamos un 1% de lo que podríamos plantar y cultivar en las terrazas y los balcones. Yo animaría a cualquiera que tenga un poco de espacio en la ciudad a que inicie esta mágica relación de amor con la tierra. A las plantas hay que tratarlas humildemente, con total agradecimiento. No digo ya de rodillas, pero sí con los brazos abiertos. Al fin y al cabo son ellas las que convierten la energía del sol en materia, y en todo lo que nos sirve de alimento y de medicina. Razón tenía Hipócrates”.

"Por aquí pasan 150 personas al año"

Como un coronel que no tiene quien le escriba, Joan Carulla no tiene a nadie a quien pasarle el testigo de su sabiduría hortelana. “Viene mucha gente, pero es la décima parte de la que debería pasar por aquí. Antes venían colegios, ahora ya casi nunca. Y yo hice este huerto pensando más en los niños, para enseñarles lo que creía que faltaba, amor a la tierra, a las plantas fabricantes de oxígeno, verdaderas placas solares. Gracias a ellas los animales podemos vivir. Procuro inculcarlo escribiendo y hablando, porque los niños ignoran que las patatas están bajo la tierra, no saben de dónde viene un melocotón. Todo esto sirve para que lo vean en la práctica, pero no vienen tanto como me gustaría”.
Por su huerto urbano pasan asociaciones de ecologistas, naturistas, gente del Centre Comarcal Lleidatà... e incluso un partido ecologista eligió su frondosa terraza para inaugurar su andadura política. Hasta un total de 150 personas al año pasan a visitar su vergel en las alturas para inspirarse, hacerle consultas o intentar copiar el sistema hortícola que levantó 30 años atrás.
Pero reproducir la terraza de Carulla es casi imposible, porque las setenta toneladas de tierra no las aguanta cualquier edificio. “Esto es algo fuera de lo común. Yo quería construir un edificio de ocho plantas y 32 viviendas, así que lo hice todo a conciencia y por etapas. La estructura es de hierro, incluso las viguetas. Y los cimientos son de hormigón. En el techo del último piso hay doble tela asfáltica y doble capa de baldosas. Pero el ayuntamiento fue poniendo restricciones a la edificación y construí solo cinco plantas y trece viviendas. Así que puede resistir perfectamente los 25 cm. de materia orgánica y desechos que hay abajo y los otros 20 cm. de tierra que lo cubren todo”.
Las personas que se acercan a visitarlo suelen establecer lazos de amistad durareros con este dicharachero "abuelo verde": intercambian conocimientos, plantas, semillas… “Hago muchos experimentos. Las plantas son una lección continua cada día. Todas buscan sol y su espacio, y cuando lo encuentran, se enseñorean alargando sus raíces”.
Por eso, cuando le pregunto quién está recogiendo el testigo de todo su conocimiento, se le apaga un poco la mirada. “Esa pregunta también me la hago yo”. Su hijo mayor, médico, y el que ha heredado mayor sentimiento por la tierra, está delicado de salud después de una caída. Su otro hijo y su nieto, cocineros, trabajan demasiadas horas. “Ellos no tienen tiempo ni tampoco el espíritu”. 
Aunque Joan acoge muchas visitas, nadie en concreto le toma la azada para seguir sus pasos y atesorar su sabiduría hortelana. “Todo me lo hago yo. Con calma, un rato aquí y un rato allá. Mis hijos vienen cuando hay que mover algo que pesa mucho”.
Resulta un poco incomprensible que el pionero de los huertos urbanos no tenga a alguien a su lado cada día para regar y aprender de 60 años de experiencia con las manos en la tierra. "Yo cada día aprendo cosas, y he aprendido más de mis errores que de mis aciertos”. Y va desgranando algunos de esos errores, como el usar macetas demasiado grandes, "porque abajo queda la tierra compactada y no pueden alimentarse y crecer. Yo las he roto por abajo y así las raíces pueden 'pasturar'”. 
Me enseña también unas jardineras “de diseño” que le regalaron: “No sirven para nada. El cesto de abajo no recibe nada de sol”. Las tiene arrinconadas y llenas de hojas secas. Lo suyo es el reciclaje continuo: cajas, tubos, garrafas de plástico, cables, listones de madera... Casi cualquier cosa puede tener un uso práctico en el huerto de Joan. Y para el compostaje, lo mismo entierra un mueble de conglomerado que una caja de cartón, un trozo de carne pasado o unos yogures caducados. Todo va al sustrato.
Cuando el sol empieza a picar de lo lindo en su terraza y bajamos ya las escaleras, le pido consejo para cultivar "algo" en la azotea de mi edificio, a pocos metros de donde Joan vive. "Los tomates van muy bien para empezar. Los que cultiva uno mismo tienen un sabor más dulce. Pero que sea en jardineras espaciosas; las macetas son una cárcel para algunas plantas, un crimen". “¿Quieres que te dé unas tomateras?", me ofrece enseguida. "Me paso un día a tomar café por tu casa y te las llevo”. 
Así que no hace falta despedirse ceremoniosamente; apunta mi teléfono y quedamos en vernos pronto. Quién sabe, igual soy yo misma quien le recoge el testigo y Joan hace de mí una hortelana “com cal”. 

Fotos: Carlos Fresneda