William McDonough: “Hay que rediseñar el mundo, aún estamos a tiempo”

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Creador del concepto “Cradle to Cradle” (De la cuna a la cuna), el arquitecto estadounidense pionero de la arquitectura sostenible insiste en la idea de que nada puede desaprovecharse.

No es fácil cambiar el mundo. Que se lo digan al arquitecto William McDonough, más de dos décadas predicando el concepto “Cradle to Cradle” (De la cuna a la cuna), en paternidad compartida con el químico alemán Michael Braungart. Más de dos décadas vaticinando un cambio radical en la manera de pensar, diseñar y hacer las cosas…

Siguiendo los principios de la naturaleza, donde no existe el concepto de “residuo”. Tratando a los materiales como “nutrientes”. Creando un flujo continuo para reusar y reciclar todo lo que producimos. Generando una “economía circular” que sustituya este nefasto modelo en el que llevamos anclados hace más de un siglo: usar y tirar, quemar y enterrar, de la cuna a la tumba…

Nos reencontramos con McDonough al cabo de varios años, desde aquella charla visionaria en uno de los primeros TED. Tras su experiencia fallida en China, donde intentó diseñar la ciudad sostenible de Huangbaiyu, su nuevo laboratorio de pruebas está ahora en los Países Bajos, el terreno fértil que necesitaba para poner en marcha proyectos como el parque tecnológico 20/20, construido con los principios del “cradle to cradle”.

La Base de Sostenibilidad de la NASA en California o la regeneración de la planta de Ford en Michigan son otros dos ejemplos palpables de sus ideas en acción, así como la ICEHouse, la casa reciclada y reciclable en la que se condensa la esencia de la economía circular… Más delgado, más incisivo y más sabio que en nuestro primer encuentro, William McDonough se dejó caer a sus 67 años por el Sustainable Brands de Barcelona para hablarnos del futuro irrenunciable... 

 
 
 Park 20/20, en Amsterdam, el primer conjunto arquitectónico íntegramente "cradle to cradle".
 

Usted y Michael Braungart llevan dándole vueltas el concepto “cradle to cradle” desde principios de los noventa. ¿Por qué ha tardado tanto en calar?
Cuando lanzamos la idea, sabíamos que el futuro iba a ir por ahí… Pero es cierto: entonces pensábamos que el cambio de paradigma llegaría antes. En aquellos momentos estábamos bajo el impulso de la Cumbre de la Tierra de Río. Fue cuando se acuñó la idea de las “sostenibilidad” y todo hacía pensar que estábamos en un punto de inflexión. Pero los “felices noventa” acabaron siendo una ocasión perdida. De hecho, desde los años setenta hemos perdido varias ocasiones para cambiar el modelo de producción. Y eso por no hablar del avance de las energías renovables, que tenía que haber ido mucho más rápido.

¿Nos queda tiempo para consumar el cambio?
No tenemos otra opción. Cuanto antes lo hagamos, mejor. El cambio climático es una carrera contrarreloj, y la crisis de recursos está al caer. Hasta ahora hemos vivido como si no hubiera un mañana. Era el modelo del consumismo voraz, el usar y tirar que los norteamericanos hemos exportado al mundo. La mayor aberración de ese modelo ha sido eso que llamamos la “obsolescencia programada”: diseñar y producir las cosas para que duren lo menos posible… Llevamos demasiado tiempo planificando este desastre. Hay que empezar a pensar en el “largo ahora”, a dar por hecho que la especie humana va a vivir mucho tiempo y empezar a pensar en las futuras generaciones. Si pensamos que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina, seguiremos como hasta ahora.

La mayor aberración ha sido la “obsolescencia programada”: diseñar y producir las cosas para que duren lo menos posible…

Pero el sistema no ayuda: la ecología se sigue percibiendo como la “enemiga” de la economía…
Es cierto que muchas empresas creen que lo verde y sostenible no es rentable. Hay empresarios que escuchan con interés estas ideas, pero acto seguido tuercen el gesto y te preguntan: “¿Cuánto me va a costar?”. No me canso de decirles que la innovación no es solo beneficiosa, sino que a medio plazo es muy rentable y convierte a las empresas en algo social y ecológicamente relevante. Ya hay un buen puñado de compañías y multinacionales que están marcando el nuevo camino.

¿Cuáles?
Me vienen muchos nombres a la cabeza, y con algunas (Ford, sin ir más lejos) he estado directamente vinculado, así que prefiero no dar a una lista.

Pero también estamos viendo mucho oportunismo y mucho “greenwashing”. Al fin y al cabo lo verde vende…
Yo creo que los consumidores están mucho mejor informados hoy en día. Con las herramientas que información tenemos, es muy fácil distinguir el auténtico compromiso verde del “greenwashing”... Es más, yo creo que la sostenibilidad acabará siendo la nueva normalidad. Lo que hace unos años podía parecer una anécdota o una cuestión de imagen, es ahora una necesidad. Hacer bien al planeta no es un lujo, sino un imperativo.

 
Foto: VERONICA P. GRANADO
 

Usted ha recalcado cómo la sostenibilidad empieza por lo local. ¿Cómo ve a España en este terreno?
España en general, y Barcelona en particular, tienen una tradición de creatividad e innovación, puestas al servicio del diseño o de una sociedad mejor. Percibo una gran fertilidad de ideas, como la campaña “Upcycling the Oceans” que ha lanzado Javier Goyeneche, de Ecoalf. Me parece encomiable tener a los pescadores “pescando” plástico y materiales de nuestros mares que luego se pueden reaprovechar para hacer tejidos o fabricar cosas. Los mares se han convertido en el gran vertedero del planeta. Nos creemos que son un sumidero sin fondo, pero nos equivocamos. No está muy lejos el momento en que habrá más plástico que peces en nuestros mares: basta con ver todo lo que recogen con sus redes los pescadores para hacerse una idea.

La sostenibilidad acabará siendo la nueva normalidad. Hacer bien al planeta no es un lujo, sino un imperativo.

¿Se puede aspirar a un mundo de “cero residuos”? ¿No es acaso una utopía?
El residuo es un invento humano, acaso el más pernicioso. En la naturaleza no existe el concepto de “residuo”, sino el de “nutriente”. Tenemos el reto de rediseñarlo todo con la idea de que nada puede desaprovecharse, pensando en el uso presente y futuro de los materiales. Una parte volverá a la biosfera, otra parte se quedará circulando en la tecnosfera…

¿Los cinco principios del “cradle to cradle” siguen siendo válidos?
Esencialmente sí, aunque han ido enriqueciéndose con el tiempo. El primer requisito es separar los materiales por su metabolismo. El segundo es el plan de gestión de los “nutrientes”, determinar qué se va a hacer con ellos tras su uso. El tercero es que estén fabricados con energía renovables, y el cuarto es minimizar el uso del agua y que pueda ser reaprovechada. El quinto y no menos importante: que los productos sean fabricados con criterios de responsabilidad social… El “cradle to cradle” aspira a ser un concepto universal, una certificación pública de “ecoeficiencia”.

Tenemos el reto de rediseñarlo todo con la idea de que nada puede desaprovecharse

Después de dar vueltas en Estados Unidos y Alemania, sus ideas están calando especialmente en los Países Bajos, que han convertido la economía circular en “bandera”. ¿Cuál es la explicación?
Los holandeses son conscientes de sus límites: se trata del país con mayor densidad de Europa, y en terrenos ganados en gran parte al mar. Esa lucha colectiva que llevan manteniendo desde hace siglos contra los elementos ha dado pie a la cultura del polder… Son gente habituada a arrimar el hombro y a colaborar, gente muy pragmática y con poco sentido de las jerarquías. Los holandeses dieron una gran lección al mundo en los años setenta, cuando apostaron por la bicicleta como el eje de la movilidad urbana. Ahora se proponen hacer lo mismo en el terreno de la producción y del diseño con la economía circular. Hoy por hoy, los Países Bajos son el mayor laboratorio de lo posible.

De la Hora del Planeta a la Economía Circular

La Economía y la Ecología llevan medio siglo dando vueltas y más vueltas, en distintas órbitas, sin posibilidad de encontrar un plan de acción común para el planeta. Y en esto llega la economía "circular", y por fin se ponen a bailar juntas, y ahora son las propias empresas las que se suben a la rueda, y después vendrán las ciudades, y todo empezará a girar de otra manera...
"Empiezo a creer que éste es el cambio sistémico que estábamos esperando", asegura Andy Ridley, impulsor de la Hora del Planeta, la campaña más exitosa del WWF. Pero el apagón planetario le supo a poco... "Los actos de valor simbólico y la movilización ciudadana están muy bien, pero el mundo no cambia si no embarcamos a las empresas y si no involucramos a la sociedad en un proyecto de gran escala".
De modo de Andy Ridley hizo las maletas y cambió Sidney por Amsterdam, donde dirige ahora Circle Economy, el motor de esa revolución "circular" que ha puesto en danza a los holandeses y que está llegando ya a nuestras tierras...
"Dentro de unos años miraremos hacia atrás y nos tiraremos de los pelos pensando: ¿Cómo éramos capaces de funcionar de esa manera tan absurda e ineficiente?", asegura Andy. "La norma será entonces la "circularidad", siguiendo el sistema operativo de la propia naturaleza, donde todo se aprovecha y nada se desperdicia. Los residuos son en realidad recursos que pueden ser reutilizados. Y todos ganamos con la nueva ecuación: ganan las empresas, gana la sociedad, gana el planeta...".
"La circularidad va mucho más allá del reciclaje, que no es más que el principio", advierte Andy. "Lo primero y fundamental es repensar nuestra manera de producir y consumir. En la economía lineal con la que seguimos funcionando, la máxima es usar y tirar. A partir de ahora -y con la crisis de recursos a la vuelta de la esquina- la prioridad va a ser reusar y recuperar, y para eso hay rediseñar básicamente todos los procesos".
El futuro nos lo jugamos en las ciudades, y en eso está Circle Economy, gestando el Amsterdam Circular, y exportando el modelo a Bruselas o Glasgow (donde ya están dándole vueltas a cómo fabricar cerveza con las 200.000 rebanadas de pan que acaban a diario en la basura).
La misión "imposible" es ahora cerrar los flujos de alimentos, agua, materiales o energía, tanto en las ciudades como en las empresas. Y ese replanteamiento de todo el sistema operativo va a servir para reducir las emisiones, para crear valor añadido y para generar empleo en campos tan innovadores como el diseño circular, la logística inversa o la minería urbana.

 

 
Foto: Verónica P. Granado