“La desigualdad es un cáncer que corroe la sociedad”

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El epidemiólogo británico Richard Wilkinson alerta de que la brecha social entre ricos y pobres es el mayor problema al que nos enfrentamos. 

Su libro Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva fue la inspiración directa del movimiento Occupy y su lema “Somos el 99%”.

La mitad de la riqueza mundial cabe en un autobús de dos pisos. Los 85 más ricos del planeta ganan lo mismo que los 3.500 millones más pobres, y las distancias se incrementan por segundos. Hasta las élites más privilegidadas del mundo, reunidas estos días en Davos, empiezan a reconocer que tenemos un problema…

El británico Richard Wilkinson lleva más de una década advirtiéndonos. Curiosamente, y aunque pasó por la London School of Economics, Wilkinson no se considera un economista sino más bien un experto en “epidemiología social”. Ha sido precisamente así, estudiando la salud y la enfermedad en las poblaciones, como ha llegado a la raíz de lo que él considera como la fuente de “nuestro más profundo malestar”.

 

Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva da título al libro que escribió junto a Kate Pickett y que provocó un gran debate a los dos lados del Atlántico en plena marejada de la recesión. The Spirit Level, como se titula originalmente en inglés, fue la inspiración directa del movimiento Occupy y su lema “Somos el 99%”.

Todo político que se precie y todo economista con un deseo de ensanchar su horizonte se remiten necesariamente al estudio que se ha vuelto a publicar en el Reino Unido con un apéndice dedicado a sus críticos, que los tiene. Con su flema británica y su mochila a cuestas, caminante infatigable, Richard Wilkinson ha logrado que su mensaje resuene por fin en lo más alto: “La desigualdad es como un cáncer que corroe a la sociedades desde dentro”.

Desde su publicación en el 2009, su libro ha creado un intenso debate político, pero también ha provocado duras críticas. ¿Quién tiene miedo a la igualdad?
La acogida del libro fue en general muy positiva, pero es verdad que nos han caído duras críticas. Los ataques han sido muy similares a los de los negacionistas del cambio climático. Hay un libro, Mercaderes de la duda -de Naomi Oreskes y Erik Conway- que deja en evidencia a todos estos “profesionales” que están muy vinculados a los “think tanks” de la derecha dura y que se dedican a atacar todo lo que atente contra sus principios. Yo los considero fundamentalistas del libre mercado... Se puede criticar nuestra opinión o nuestra interpretación de los datos, pero las estadísticas son irrebatibles: las sociedades más igualitarias puntúan más alto en casi todos los indicadores de bienestar.

A Obama, por hablar de la “redistribución de la riqueza”, le llamaron socialista...
Eso era hace cuatro años. Las cosas han cambiado desde entonces. La conciencia de la población es mucho mayor, los medios han condenado la cultura de los “bonus” de los banqueros, la gente se ha movilizado con eslóganes tan efectivos como el del 99% del movimiento Occupy...

Estados Unidos sigue marcando la pauta económica en el mundo y, sin embargo, es el país con mayores desigualdades económicas...
Hasta muy recientemente, la gente no ha sido consciente de la magnitud del problema. En mi libro hago mención a una encuesta en la que se le dio a elegir a los norteamericanos entre dos países. En uno de ellos, el 20% de la población acumula el 84% de la riqueza. En el otro, el 20% tiene el 32% del total. Pues bien, el 92% de los norteamericanos se inclinaron por el segundo, sin saber que estaban eligiendo Suecia. El primer país era Estados Unidos...

El crack del 29 y la debacle financiera del 2008 se producen en momentos de máxima desigualdad económica. ¿Existe una relación causa-efecto?
No es casualidad, ni mucho menos. Los “picos” de desigualdad coinciden además con los de máximo nivel de endeudamiento personal. El análisis material se lo dejo a los economistas como Paul Krugman. Yo soy un epidemiólogo social, me dedico sobre todo a analizar la salud colectiva de la poblaciones.

Pero está claro que la brecha se abre desde principios de los ochenta, después de varias décadas del “igualdad”. ¿Le echamos la culpa a Reagan y Thatcher?
Está claro que la ideología neoliberal que se impuso en Estados Unidos y en Gran Bretaña ha tenido gran parte de culpa. La brecha se abre efectivamente en los dos países, antes de propagarse más lentamente a toda su zona de influencia. Las políticas de privatizaciones, recortes sociales y bajada de impuestos para los más ricos ayudaron sin duda a aumentar las diferencias. Piense usted que en los años cincuenta Estados Unidos era el modelo de igualdad de Occidente, con la emergencia de una clase media que el resto del mundo quiso emular.

Ha llegado el momento de que la democracia llegue a la economía. No podemos permitir que el sistema financiero lo manejen a su antojo unas élites 

Según el economista Robert Wade, en los años anteriores a la debacle del 2008 hubo una “transferencia” de 1,5 billones de dólares anuales del 90% al 10% de la población más rica en Estados Unidos...
Es increíble que algo así pueda ocurrir en una democracia, ¿no le parece? Lo cual refuerza uno de los argumentos que más claramente he defendido desde la publicación del libro: ha llegado el momento de que la democracia llegue a la economía. No podemos permitir que el sistema financiero lo manejen a su antojo unas élites, de espaldas a la población y al bien común. Tenemos que aspirar a una democracia más participativa, con una mayor representación de los trabajadores en las tomas de decisiones de las empresas. Ustedes tienen un buen ejemplo con el modelo cooperativo de Mondragón. Necesitamos más experimentos en esa línea...

Estados Unidos, Gran Bretaña y Portugal son las tres sociedades menos igualitarias en su estudio de 24 países “ricos”. ¿Qué lugar ocupa España?
España está justo en el medio, a la misma altura que Canadá y Francia. Es interesante comprobar la distancia que existen entre dos países con culturas cercanas e incluso con condiciones históricas parecidas, como las dictaduras que padecieron Portugal y España hasta mediados de los setenta. 

Y sin embargo la desigualdad ha ido a más desde que estalló la crisis...
Cuando la situación económica empeora, básicamente todos los problemas se acumulan en el fondo de la sociedad. Se hace mucho énfasis en la privación material, y sin embargo nos olvidamos de todos los problemas psicosociales que vienen asociados. La mortalidad, las enfermedades mentales, la violencia, las adicciones, el aumento de la población reclusa, los embarazos de adolescentes... Todos estos son problemas que se disparan en cuanto crece la brecha entre ricos y pobres. La desigualdad económica es la raíz de los grandes poblemas que aquejan a nuestra sociedad, es como un cáncer que corroe a las sociedades por dentro... Todo eso lo sabíamos intuitivamente, pero ahora tenemos además la evidencia.

En España, el Gobierno ha congelado el salario mínimo en 645 euros. ¿Qué se puede hacer para que la parte menos favorecida de la población, y eso sin contar el 26% que está en paro, deje de ganar cada vez menos?
Necesitamos sin duda ir más allá del salario mínimo, y aquí creo que la respuesta está a nivel local. En el área de Londres, por ejemplo, hay una gran campaña para exigir a las grandes compañías que paguen un “salario mínimo vital” (“living wage”), que es el 35% superior al salario mínimo interprofesional. Los Gobiernos locales y los ayuntamientos están poniendo en marcha Comisiones de Equidad (Fairness Comissions), con recomendaciones muy concretas para reducir la desigualdad... Hay que reforzar, y no debilitar, el papel de los sindicatos a la hora de buscar nuevas soluciones, como la reducción de la jornada laboral, como herramienta para combatir el grave problema del desempleo que afecta a España y a otros países europeos... Todas las soluciones pasan necesariamente por “democratizar” la economía. No sólo para que evitar que los ricos sigan poniéndose sueldos totalmente inmorales en una situación de crisis, sino para que los menos favorecidos no se queden atrás.

En Londres, hay una campaña para exigir a las grandes compañías que paguen un “salario mínimo vital” el 35% superior al salario mínimo interprofesional

¿Qué se puede esperar de un banco o de una compañía cuyo jefe gana 300 veces más que sus empleados?
En Gran Bretaña, efectivamente, los trabajadores peor pagados perciben hasta 300 veces menos que los directores ejecutivos de las grandes compañías. Cuando un trabajador gana un tercio del 1% de su jefe, ¿qué mensaje le estamos dando? Creo que es una manera muy poderosa de decirle: “Tú trabajo no vale absolutamente nada”. Pues bien, esa es la sociedad que estamos creando.

El tema de las desigualdad económica fue vital durante la campaña electoral del 2010 en Gran Bretaña. Hasta David Cameron hizo de alguna manera suyo el mensaje con su llamada a la “Gran Sociedad”. ¿Hasta qué punto su política económica ha dinamitado el mensaje?
Es cierto que las políticas de austeridad están perjudicando al fondo de la población, pero nadie puede dudar que el precio “corrosivo” de la desigualdad se ha convertido en uno de los grandes temas políticos. Se ha creado la High Pay Comission (“Comisión de Altas Pagas”) para explorar las razones y tomar medidas contra la brecha en los salarios de las compañías privadas. Y se ha puesto bajo la mirilla a los banqueros y a la cultura de los “bonus”, algo impensable hace tres y cuatro años. Lo que antes se podía llegar a justificar por “méritos profesionales”, ahora se considera profundamente inmoral. Ese argumento “moral” es el que utilizamos también en el Equality Trust, la organización que creamos para hacer campañas educativas y reclamar cambios estructurales por una mayor igualdad.

Los disturbios sociales del pasado verano ¿se pueden interpretar en clave social y económica?
Existe una correlación muy clara entre la desigualdad y la violencia. Los países más desiguales son también los más violentos, aunque la sociedad británica está lejos de la norteamericana (que aventaja a todas por gran diferencia). Se ha hablado mucho del papel policial en los disturbios, y aunque yo no puedo poner una mano en el fuego está claro que la violencia surge muchas veces como respuesta a una situación de humillación, opresión o falta de respeto. Cuando tienes además al 22% de la población joven sin trabajo, estás creando las condiciones de ansiedad social. Otro hecho curioso fue como los saboteadores arramblaron sobre todo con teléfonos, electrodomésticos y otros signos de estatus social. Creo que esto también dice mucho de hasta dónde ha llegado la sociedad en su afán por competir.

La desigualdad amplifica los prejuicios de clase, nos hace sentirnos superiores o inferiores. Se mete en la piel y nos divide profundamente como sociedad

En Gran Bretaña existe ahora el debate sobre la mejor forma de pasar la “factura” a los ricos...
Londres se ha convertido en un paraíso fiscal. Los ricos siempre han encontrado la manera de evitar los impuestos y lo siguen haciendo. Las multinaciones crean además subsidiarias en otros paraísos fiscales y sitúan en desventaja a las pequeñas y medianas empresas.

¿Subimos pues los impuestos a los más ricos como hace Suecia o promovemos una mayor igualdad salarial al estilo de Japón?
Creo que la solución es una mezcla de los dos. Japón y los países nórdicos son las sociedades más igualitarias en nuestro estudio, y han llegado al mismo fin por distintos caminos. El mensaje es también el mismo: se puede mejorar el bienestar de una sociedad reduciendo las diferencias económicas, que es la mayor fuente de malestar. La desigualdad amplifica los prejuicios de clase, nos hace sentirnos superiores o inferiores. La desigualdad se mete en la piel y nos divide profundamente como sociedad.

Usted aboga finalmente por superar nuestra dependencia del Producto Interio Bruto y medir de otra manera el bienestar...
En muchos países occidentales hemos llegado un punto en que el crecimiento del PIB no va paralelo al aumento del bienestar. España, por ejemplo, es más pobre que Estados Unidos, y sin embargo la esperanza de vida y la salud son notablemente mejores. Los países más “felices” no son necesriamente los más ricos. Hay otra manera de medir el bienestar que va más allá de la acumulación material. La calidad de vida tiene mucho que ver con factores como las relaciones personales, la cohesión social o la protección del medio ambiente. En el fondo, la desigualdad se alimenta de esta sociedad consumista en la que vivimos, que a veces parece una competición constante por el estatus social.