Miguel Torres: "Queremos que las bodegas españolas sean un ejemplo de sostenibilidad para el mundo"

06.5.2013
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Enólogo y presidente de Bodegas Torres, ha invertido mucho esfuerzo en hacer de su empresa vinícola un referente europeo de sostenibilidad.

Ha promovido Wineries For Climate Protection desde la Federación Española del Vino, con la idea de que las bodegas españolas sean las primeras en luchar contra el cambio climático.

Un paseo por las bodegas en Pacs del Penedès evidencia el empeño y tesón que ha puesto Miguel Torres para dar un golpe de timón hacia la sostenibilidad en su empresa. Este reconocido viticultor se ha convertido en un ávido lector y divulgador de las consecuencias del cambio climático. Ha comprobado en sus vides cómo el calentamiento global puede ser el fin de la viticultura española y de los buenos vinos que se dan en esta tierra. Torres no solo ha invertido en energías renovables, eficiencia energética para todo el ciclo vinícola y gestión eficiente del agua, sino también en investigación para conocer cómo afectarán las altas temperaturas y el incremento de CO2 a unos cultivos tan sensibles como las vides. 

¿Cuándo oyó hablar por primera vez de cambio climático y cuándo se dio cuenta de que las vides se verían afectadas y había que apostar por la sostenibilidad?
La ecología siempre ha sido un valor de Torres, desde hace muchos años, porque  nos hemos preocupado de las viñas, de la tierra, del medioambiente... Pero fue en el 2007, cuando vi la película de Al Gore Una verdad incómoda. Me impactó mucho y, una semana después, en el consejo de la empresa, propuse un plan de inversiones en energías renovables, en investigación, etc. Dijeron que sí y se aceptó una inversión de diez millones de euros. Entre el 2008 y este año, estaremos ya en los siete millones y medio, sobre todo en placas fotovoltaicas, coches híbridos –contamos con unos 50–, estamos entrando en un parque eólico que se hará en 2012 cerca de Igualada, no porque la energía eléctrica la vayamos a aprovechar, ya que irá a la red, entramos porque hay un sentimiento, desde algunos grupos ecologistas, de que los aereogeneradores alteran el paisaje y no son la solución, pero yo creo que esto es provisional, que dentro de 50 años tendremos energía de fusión. Sin embargo, de momento, es la más viable y práctica.

En Bodegas Torres vamos a invertir en total diez millones de euros en sostenibilidad

La fusión puede ser la energía de futuro, pero a muy largo plazo, porque queda mucho por investigar en ese sentido.
Sí, pero para entonces la eólica ya no hará falta. Sin embargo, de momento, es la solución más viable y más práctica. 

¿Qué investigaciones se están llevando a cabo en Torres?
Estamos investigando con algas, biomasa... Tenemos ya una caldera de biomasa que nos da agua caliente con todos los residuos de la vendimia. Y más cosas. Pero, sobre todo, en lo que hemos invertido mucho es en conseguir ahorros de energía, aislando las cubas, construyendo las bodegas bajo tierra y toda una serie de cambios. Y tenemos un objetivo, que es el 30% de reducción de la huella de carbono en el 2020. 

Sigue habiendo mucho escéptico del cambio climático, sin embargo, ustedes han constatado los efectos claros en las vides, que son plantas muy sensibles. 
Exactamente, en la vid hemos comprobado el alarmante incremento de las temperaturas en los últimos cuarenta años. Por aquí hemos invitado a muchos profesores, climatólogos, pero también ha pasado algún escéptico y, cuando han visto la información que les hemos dado de las viñas, pues la verdad es que alguno se ha quedado sorprendido y un poco convencido. Lo que pasa es que algunos están más o menos influidos por lobbies y otros sostienen que esto ya ha pasado antes. Y es evidente que ha habido cambios climáticos antiguamente. El calentamiento más cercano que tenemos similar al nuestro fue hace aproximadamente 55 millones de años. Las temperaturas subieron unos seis grados, pero esa subida se demoró unos veinte mil años, fue muy lenta y, ahora, en 200 años, podemos tener unas temperaturas muy altas, así que este cambio tan brutal y tan rápido es de causa antropogénica.

Usted ha promovido, con la colaboración de otras 24 empresas vitivinícolas, el proyecto Cénit-Deméter, cuya finalidad es investigar qué cambios puede provocar el calentamiento global en este sector. ¿Hay conclusiones ya?
No, las tendremos este año. Ha tenido un presupuesto de 27 millones de euros y hay bastantes bodegas involucradas, pero mi hija Mireia es la que lidera el proyecto. Ha tenido ayudas en Bruselas, en Madrid, y se está tratando de ver las consecuencias para la viticultura del cambio climático. Lo que sí sabemos es que el tema es muy grave porque la viña es muy sensible al calor. Si las temperaturas suben dos grados más a lo largo de este siglo, seguramente se seguirán haciendo cultivos hortícolas –tomates, lechugas, etc.– si hay agua, pero la viña sufrirá un daño brutal. El mapa de las denominaciones de origen de Europa, tal y como lo conocemos hoy, no existirá. Nosotros estamos preparados para incluso un grado más, lo podríamos soportar subiendo las viñas a terrenos más altos. Ya lo estamos haciendo, tenemos viñas a mil metros. Con la altura, la integral térmica del día es un poco inferior, pero más allá de esto, ¿qué vamos a hacer?, ¿dónde vamos a poner La Rioja o la Borgoña? ¿Habrá que ir a Finlandia a hacer vino? Es dramático, mientras que otros cultivos agrícolas no van a tener estas consecuencias. Es un tema muy preocupante.

¿Qué experimentos se han hecho en el proyecto Cénit-Deméter?
Hemos habilitado unas instalaciones con hangares a diferentes temperaturas. En este tipo de pruebas es importante tener siempre una sola variable, poner por ejemplo el mismo tipo de tierra, de cepa, la misma humedad, insolación, pero varía la temperatura, y ahí ven las consecuencias. También tienen unos recintos con diferente concentración de gas carbónico. Ahora estamos ya casi en las 400 partes por millón en la atmósfera, y ahí se está probando con 600, 800, 1.000, para ver qué va pasando. También se estudia la parte genética: qué modificaciones tiene en su ADN y cómo le va a afectar esto.[pagebreak]

¿Se sabe qué variedades son más sensibles y las más resistentes? 
Sí, esto se sabe perfectamente. Hay variedades que requieren poco calor para madurar [Miguel echa mano enseguida de sus dossieres y me muestra gráficas que ejemplifican lo que va explicando]. Esto son cepas de uva, pero en este lado [señala la gráfica] están las que necesitan menos calor, la Müller Thurgau, el Pinot Gris, por ejemplo, están en zonas más frías. Abajo, vemos la uvas de regiones cálidas, cariñena, garnacha. ¿Qué pasa si esta uva de aquí la pasas a una región más cálida? Pues que cambia. Lo que se puede hacer en el futuro es decir: “Nosotros teníamos tempranillo, pero como ha hecho más calor, vamos a poner la garnacha”. Pero entonces obtendremos un vino diferente.

En la vid hemos podido comprobar el alarmante incremento de las temperaturas en los últimos cuarenta años

¿Qué medidas se pueden adoptar para adaptar las vides al cambio climático? 

Hay una serie de prácticas vitícolas que ya se están implementando con el objetivo de retrasar la maduración. Hasta hace seis años, más o menos, tratábamos de acelerar la maduración de la uva para llegar a septiembre con el trabajo muy adelantado por si venían lluvias y se producía botritis. Ahora es al revés. Primero, porque ahora no siempre llueve ese mes, pero lo que nos interesa es retrasar la maduración para llegar a las noches más frías de septiembre. ¿Qué hacemos? Todas las prácticas víticolas que llevan a retrasar la maduración de la uva. Pero son parches, no son la solución para temperaturas muy altas. 

Y habrá también enfermedades diferentes a las habituales, ¿no?
Por supuesto, y en las personas también. En ese sentido hay un libro que yo recomiendo mucho, Forecast. Es de Stephan Faris, que me entrevistó para la revista Time el pasado año.

Cuando inició los cambios tecnológicos en las bodegas Torres para hacerlas más sostenibles, ¿por dónde empezó?
Comenzamos al día siguiente de que el consejo aprobara la inversión. Se reunió a la gente de la empresa, se comunicó que teníamos ese objetivo de reducción del 30% para el 2020 y todos los departamentos se pusieron a funcionar. Cada año proponen medidas. Uno dice: “Este circuito, si lo cambiamos, conseguimos un ahorro de energía determinado”. Otro: “Si ponemos aislamiento en estas tinas, vamos a ahorrar frigorías, por tanto energía eléctrica”. En función de las posibilidades de inversión, avanzamos. Pero también hay cosas simples, a nivel de reciclaje o reducir el vidrio que compone cada botella. 

¿Y en agua?  
Hemos optado por la recuperación del agua de lluvia. En 2011 hemos recuperado cinco millones de litros, pero queremos llegar a diez. La empresa gasta unos treinta millones de litros de agua durante la vendimia, que es cuando gastamos más. Se trata de recuperar prácticamente toda el agua de lluvia que cae en la zona industrial, que son unas 20 hectáreas. Se recoge y se lleva a unas balsas. También lo que se ha hecho es, en las viñas de montaña, crear unas pequeñas balsas para recoger agua y tener para el siguiente verano, para regar con gota a gota. Y todas las medidas posibles para reducir consumo de agua.

Torres también está investigando con algas como una vía para reducir el CO2 en la atmósfera.
Fueron estas algas, las cianobacterias, las que hicieron posible la vida en el planeta. En la Tierra no había oxígeno, la atmósfera era metano, anhídrido carbónico, hidrógeno, etc. Aparecieron estas cianobacterias, que se comían el CO2 y desprendían oxígeno, y después de millones de años se creó la atmósfera y con ella la Tierra como la conocemos. Nosotros estamos experimentando, junto con la Universidad de Sevilla, con algas de esta familia para recuperar el CO2 emitido con la fabricación. Después, estas algas en teoría pueden ser usadas como biocombustible, pero llevamos ya tres años y es complicado.[pagebreak] 

De todas estas tecnologías, ¿cuál le ha soprendido más?
Hay una que es muy bonita, la pirólisis, con la que se aprovechan los troncos de las viñas viejas, de cuarenta años o cincuenta. La madera del tronco de la cepa es la diferencia entre la fotosíntesis, el carbono que ha absorbido la planta, y la respiración de noche, cuando saca CO2. La diferencia es positiva y es carbono que se queda ahí, es la madera. ¿Qué pasa con esa madera, sobre todo, con el tronco? Pues que el payés, cuando arranca la viña,  lo quema. Al quemarlo, ese equilibrio se pierde y el carbono vuelve arriba. Y, además de esto, la viña es contaminante, porque hay tractores que han entrado, productos fitosanitarios que se han empleado, etc. Pues bien, para esta técnica de la pirólisis, solo se necesita una pequeña instalación que vale 10.000 euros. Nosotros ahora estamos experimentando con dos, pero han funcionado bien. Con esto hacemos carbón, y este carbón de viña recuperado es más o menos el 50% del carbono que tiene la cepa. Esto se puede dejar allí mismo, pues dura mil años y no se descompone, o bien se puede usar para calefacción. Esto lo dimos a conocer en el simposium de Barcelona Wineries for Climate Protection, en junio de 2010. 

Estamos investigando en la pirólisis, con la que se aprovechan los troncos de las viñas viejas, de cuarenta o cincuenta años

¿Y todo esto no lo hacen para vender más vino, como publicidad verde? Digamos que la cronogía de los hechos, desde finales del 2010, es decir: “Nosotros hacemos todo esto y está muy bien. No nos ayuda a vender, porque la gente no compra más vino por esto. Se publica algún artículo sobre nosotros y poco más. Pero, aun así, tenemos que tratar de ir más allá”. A Codorníu y Freixenet, con los que somos muy amigos, les pareció bien y nos fuimos a Madrid a la Federación, que tiene 2.000 bodegas, porque España tiene una oportunidad, puede ser líder en el mundo, ser el primer país en donde las bodegas y el vino nos movemos y hacemos cosas para bajar la huella de carbono. Se hizo este simposium en Barcelona, vinieron 300 bodegas, y 12 de ellas explicaban sus experiencias prácticas. Nosotros explicamos la pirólisis y un par de cosas más. Y esto concluyó con el Manifiesto de Barcelona, los diez puntos que las bodegas suscribieron. A partir de aquí, lo que se está haciendo ahora es el seguimiento. Hay una web donde se pueden suscribir (www.wineriesforclimateprotection.com), hay empresas certificadoras que lo van a comprobar, pero nos está costando mucho, porque la gente ahora no está para invertir. Se les dice que actúen poco a poco, pero que hay que ir avanzando. En la feria Alimentaria 2012 llegamos a 200 bodegas adheridas. A partir de aquí, la prensa nos tendrá que ayudar, tendremos estas bodegas que se mueven y ya hay compradores internacionales grandes que dicen: “¿Quiénes son los que están en esta lista?” Y lo vamos a decir. Con lo cual, igual otras bodegas a lo mejor también se mueven.

Ahora mismo, cuando habla con otros bodegueros, ¿le entienden o lo ven como una iniciativa extravante? 
En el último simposium, en La Rioja, en 2009, hubo bastante gente. Hice la presentación sobre el cambio climático y sus consecuencias, algo que me encanta hacer. Al acabar la charla, estuve hablando con bastantes personas y me decían: “Sí, muy interesante, pero mis prioridades ahora son los créditos bancarios, el número de las ventas, que me paguen los clientes...” ¿Qué les vas a decir? Entonces, es algo que tiene que venir un poco de fuera, de la presión del consumidor, que sí que está empezando a existir. También de los grandes compradores, que pueden tratar de premiar este tipo de actitudes. Entonces, si en España nos funciona, vamos a crear unos premios en Alimentaria a las bodegas que se han movido más. Y, seguramente, después iremos a Francia, hablaremos con algunas bodegas, con ecologistas, y a ver si las bodegas francesas también se apuntan. Poco a poco, con los años, haríamos este proceso con el vino. Pero España sería la primera.

¿Todos los productos deberían llevar una etiqueta que aclarase cuál es su huella de carbono?
Claro, será así. Pero tenemos mucha resistencia. En Europa quizás sí, pero en Estados Unidos, tal y como están las cosas, no va a ser así.

Aparte de la cultura del vino, en la que usted ha crecido, ¿la sostenibilidad se ha convertido en una de sus pasiones?
Sí, absolutamente. Yo estoy convencido de que vamos a un nuevo tipo de sociedad, esto va a cambiar. Aunque China, Estados Unidos, etc., aún tienen que firmar el Protocolo de Kioto.  La idea es que en el mundo del vino podemos acelerar un poco este cambio, el estilo de vida de la gente, eso es lo que todos buscamos. Que la gente vaya con coches eléctricos, híbridos, que vean que es mejor consumir productos locales, aislar térmicamente su casa, no tener la calefacción alta, y con todo eso podemos tener una reducción grande en el consumo de energía eléctrica. 

¿Y esto es posible, no ve vuelta atrás?
Tiene que ser así. Esto lo dice Lester Brown en uno de los últimos libros que he leído: “Imaginarse una sociedad como la que estamos ahora, en la que arrasamos los bosques, consumimos energías fósiles en cantidades inmensas, contaminamos los mares, los ríos, imaginar que esto lo podemos trasladar a las siguientes generaciones es imposible, tiene que venir otra manera de ver y hacer la cosas”.