Meditación para la vida cotidiana: la práctica

4.4.2013
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Los pensamientos consumen energía en el proceso de su formación. Su actividad constante, especialmente los de naturaleza esporádica, cansan la mente. La meditación intenta trascender este nivel ordinario de pensamiento. 

Gerard Arlandes, autor del artículo, meditando

— ¿Dónde está la meditación? ¿Cómo hay que meditar? preguntaba continuamente un discípulo a su maestro. Un día el maestro le respondió:
— Verás, cuando el pensamiento pasado ha cesado y el futuro todavía no ha llegado, ¿reconoces que hay un intervalo?
— Sí —contestó el discípulo.
— Pues prolonga ese intervalo: eso es meditar.

El diálogo interior

En el proceso meditativo lo más evidente es la velocidad a la que van nuestros pensamientos, su naturaleza cambiante y su cantidad. 

Los observaremos con detenimiento, pacientemente. Interesándonos por ellos sin más, sin juzgarlos, ni esforzarnos por entenderlos, cambiarlos o controlarlos. Simplemente mirando adónde van y de dónde vienen. Somos observadores. Leemos en el libro de la mente. Intentamos ser precisos.

Los pensamientos consumen energía en el proceso de su formación. Su actividad constante, especialmente los de naturaleza esporádica, cansan la mente. La meditación intenta trascender este nivel ordinario de pensamiento. A través de la práctica regular, advertimos que no somos sólo nuestros pensamientos, sino que existe un estado de conciencia independiente de ellos. 

Caso de atascarnos en un pensamiento, percibiremos, si la mente nos lleva a otro espacio, cómo es ese lugar, en qué circunstancia aparece, el color, el paisaje, los objetos que lo componen, su distribución... Y, si aparecen personas, observaremos quiénes son, si conversan, qué nos dicen o qué les decimos. Intentamos no calificarlas. Si aparecen palabras las seguimos como si fueran un río sin detenernos en razonamientos. Sea lo que sea lo que aparezca, lo escoltamos amigablemente, con amor. Y continuamos acompañando nuestra respiración.

La visualización

De la misma manera que el mar tiene olas y el sol rayos, la mente irradia pensamientos y emociones. Las olas del mar no lo alteran especialmente. Son su naturaleza misma. Se levantan, van al mar y vienen del mar. Así sucede con los pensamientos y las emociones, se manifiestan y se disuelven en la mente. Si no reaccionamos de manera impulsiva, volverán a asentarse en nuestra naturaleza esencial.

Un paso más en el camino de la meditación, inspirado en el taoísmo, es utilizar la fuerza mental para visualizar, siguiendo la respiración. 

Al inspirar, imaginamos que el centro de gravedad, situado cuatro dedos por debajo del ombligo, se llena de luz, al espirar, que esa luz mengua, y en la pausa, se estabiliza. A partir de ahí podemos extender la luz, en la inspiración por la parte anterior del cuerpo. Y, en la espiración, por la parte posterior. Es un manto de luz que se renueva en cada respiración y podemos extender y compartir con las personas que aparecen en nuestra mente, con la habitación donde meditamos, la casa, el barrio, la ciudad, el país y el mundo.

Si nuestros pensamientos son tan fuertes que sentimos peligro, cambiaremos la posición. Si no, nos abriremos a ellos e intentaremos ver si se localizan en alguna parte del cuerpo, para llevar nuestra respiración hacia donde se encuentran. Una vez arribe la respiración allí, imaginamos que con la inspiración llenamos de luz ese lugar y con la espiración despedimos esos pensamientos. Se restablece así el proceso meditativo.

La práctica crea al maestro

Si no experimentamos el silencio, la paz interior, la claridad mental, la bienaventuranza, la felicidad, la concentración u otras gracias que se suponen a la meditación, eso no significa que estemos practicando incorrectamente. Que experimentemos esos beneficios, carece de importancia. Lo importante es si la práctica nos va conduciendo a un estado de plena conciencia y de presencia en el cual estamos abiertos y somos capaces de conectar con la esencia de nuestro corazón.

Pero todo necesita un proceso de aprendizaje y son convenientes unas guías. Ahí van las siguientes sugerencias para meditar: 

• Medita cada día, preferentemente a la misma hora.
• Es mejor antes que después de la comida.
• Busca un lugar tranquilo y, a ser posible, sólo para meditar.
• Comienza con dos sesiones de cinco minutos, hasta llegar a los veinte minutos.
• Busca dentro de tu programa diario el momento adecuado.
• Aprende la técnica meditativa de un maestro y mejor en grupo; te allanará la meditación, la enfocará y te dará mayor energía.

Si aparecen sensaciones físicas desagradables, obsérvalas, úsalas como objetos de meditación: permiten tener la mente ocupada en el momento y el lugar donde estamos. A veces desaparecen sin movernos o cambian de lugar. 

Recuerda que un cuerpo en calma contribuye a calmar la mente, y el silencio que preservamos, nos preserva también.

De vuelta a la cotidianeidad

La meditación nos manda mensajes claros: nada dura eternamente por importante que sea. Nos procura la conciencia de que estamos de paso. Da perspectiva para observar y observarnos en la vida cotidiana. Nos va modificando y reorganizando. Su verdadero milagro es más corriente y útil que obtener resultados extraordinarios, como visiones, luces o algo sobrenatural. Consiste en una transformación sutil, que no tiene lugar sólo en la mente y las emociones, sino también en el cuerpo. Produce cambios físicos positivos en el cerebro después de diez años de práctica, tanto en su forma como en su función. 

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El proceso meditativo contacta en nuestro interior con partes que son pacíficas, tranquilas, rejuvenecedoras y significativas. Que las llamemos Dios, alma, el niño interior, las ondas theta, o el silencio carece de importancia. Están ahí, a diario, y todos podemos beneficiarnos de ellas a pesar de nuestras creencias. Nos transforman cuando menos lo esperamos y nos conectan con las fuerzas espirituales, que surcan la vida de todos los seres y fenómenos y del Universo mismo, es un arte y deberíamos aportarle el gozo y la fecundidad de invención del artista.

Un maestro tibetano dijo: "Al acabar y volver a la vida cotidiana deje que la sabiduría, la paciencia, la penetración, el discernimiento, el desapego, la compasión, la fluidez, el humor, la amplitud y la luz que le aportó la meditación impregne su quehacer.”

Sobre el autor
Gerard Arlandes es filósofo, bailarín y profesor de taichi y educación corporal por la Stillpoint Foundation (Colorado USA.) Ha desarrollado la técnica Chikung Contemporáneo. Ha enseñado en Alemania, Holanda, Suiza y Austria. Actualmente dirige el Centre Gerard Arlandes junto a Sybille Karsch desde 2011.
Todos sus artículos en El Correo del Sol 
Blog de Gerard Arlandes: Flores, Fieras y Fronteras
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