Los fármacos y los niños

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Los medicamentos convencionales poseen efectos secundarios que pueden presentarse con más probabilidad en los niños.

La gran mayoría no han sido diseñados teniendo en cuenta las características especiales del organismo infantil.

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Más de la mitad de los principios activos de los medicamentos que toman los niños no se han probado experimentalmente con ellos. Desde 2008, los medicamentos autorizados para uso pediátrico deben haber superado ensayos con niños, pero la realidad es que en la consulta, y sobre todo en los hospitales, muchos profesionales administran productos que solo se han probado en adultos.

Una práctica muy extendida

 

El uso de medicamentos para adultos en el ámbito pediátrico es habitual. Encuestas realizadas en Alemania estiman que un 13 % de los medicamentos que los pediatras recetan en los ambulatorios solo han recibido permiso para ser empleados en adultos. En las clínicas y hospitales la cifra se incrementa hasta el 50-70 %, mientras que en las plantas de cuidados intensivos de neonatología alcanza un 90 %. La razón de estos incrementos es que, a medida que la gravedad de la enfermedad aumenta, los médicos recurren a los medicamentos más eficaces y potentes, precisamente los más difíciles de experimentar con niños.

Según la profesora Stephanie Läer, del Instituto de Farmacia Clínica y Farmacoterapia de la Universidad de Düsseldorf (Alemania), “cuanto más pequeño y más enfermo esté el niño, mayor es el porcentaje de usos fuera de las indicaciones del prospecto”.

No son adultos pequeños

Los medicamentos que funcionan bien con un adulto no necesariamente lo hacen en un niño. Además pueden aparecer efectos secundarios más graves e incluso tener consecuencias negativas sobre el crecimiento y el desarrollo infantil. La razón es que los niños no son adultos en miniatura. Por lo tanto, no basta con dosificar un medicamento en función del peso y la altura. Un adulto de 70 kg de peso puede beneficiarse de la acción de un principios activo determinado, mientras que un niño de 14 kilos que tome una dosis proporcional puede no curarse e incluso desarrollar síntomas negativos.

No basta con ajustar la dosis a la altura y el peso de los niños, pues estos no son simplemente adultos en miniatura

Respecto a la cantidad, aunque la lógica pueda sugerir que se utilicen dosis proporcionadas y menores que en un adulto, la realidad suele ser la contraria debido a las características fisiológicas de los niños, como señala Belén Ruiz Antorán, farmacóloga clínica del Hospital Universitario Puerta de Hierro, de Majadahonda, y miembro de la Sociedad Española de Farmacología Clínica. Las cantidades demasiado pequeñas no tienen efecto, pero si son excesivas pueden causar daños, empezando por el hígado, un órgano que no se ha desarrollado completamente. Trasladar la dosificación de adultos a niños sin considerar este factor podría implicar un mayor riesgo de efectos no deseados o una disminución de la eficacia de los fármacos.

Organismos en evolución

Para ajustar la dosis también hay que tener en cuenta los cambios acelerados de los organismos infantiles. El metabolismo de los recién nacidos (hasta 27 días) no es igual al de lactantes y bebés (de 28 días a 23 meses), que a su vez es diferente al de los niños (de 2 a 11 años), y éste a su vez es distinto del de los jóvenes (desde los 12 hasta los 18 años).

En general, el cuerpo en fase de desarrollo asimila y excreta las sustancias que ingiere de manera diferente a un adulto. Los médicos han aprendido a utilizar los principios activos de una manera diferente en los niños mediante la experiencia. Por ejemplo, el ibuprofeno, que se emplea en los adultos para combatir el dolor y las inflamaciones, en niños se utiliza muy frecuentemente para bajar la fiebre, a pesar de que algunos estudios muestran que puede favorecer alteraciones en el hígado y el riñón, sobre todo en recién nacidos.

La adaptación de los medicamentos a los menores “está justificada por la necesidad de tratar a los niños, no hay otra alternativa”, comenta Belén Ruiz. Pero por muy efectivo que sea, el ajuste “artesanal” de la dosis carece de las garantías de seguridad y de eficiencia que aporta un ensayo clínico.

La probabilidad de que un fármaco prescrito provoque una reacción adversa en un menor es tres veces mayor que en los adultos, según un informe publicado por la Organización Mundial de la Salud. Las proporciones y la composición del cuerpo de los niños, así como el modo en que funciona, hacen que los medicamentos pasen a través del organismo de una manera distinta y tengan efectos diferentes. “Tenemos que aprender más acerca de cómo reacciona el cuerpo de los niños a las medicinas. Por eso es extremadamente importante monitorizar los efectos secundarios en poblaciones infantiles. Esto reforzará los conocimientos básicos y salvará vidas”, señala Howard Zucker, asistente del director general de Salud Tecnológica y Farmacéutica de la OMS.

La ley obliga a investigar

La situación ha llevado a la Unión Europea a regular la producción de medicamentos infantiles. Tras la aprobación de la Directiva europea del 26 de enero de 2007 sobre medicamentos infantiles (EG/1901/2006), para que un medicamento reciba actualmente la autorización de uso pediátrico el fabricante debe ofrecer datos de estudios clínicos en todas las franjas de edad, desde neonatos hasta jóvenes.

La obligación de la Unión Europea representa un incremento de los gastos  para las empresas farmacéuticas hasta que los nuevos medicamentos puedan ver la luz. Pero las autoridades, casi siempre complacientes con esta potente e influyente industria, les ofrecen un “regalo” por el esfuerzo: una prolongación del plazo de la patente en seis meses.

Según Frank Gailberger, de la Asociación para la Investigación de las Empresas Farmacéuticas, “de los medicamentos que en la actualidad se encuentran en fase de desarrollo, la mayoría se someten a pruebas de tolerancia en niños” y solo se excluyen los medicamentos que sirven para tratar enfermedades que se dan en edades avanzadas, como pueden ser el Alzheimer o el cáncer de próstata.

Pero la ley no acabará con los problemas. En la Unión Europea, a diferencia de Estados Unidos, están prohibidos los estudios con grupos de control compuestos por niños sanos. Por tanto, las pruebas se hacen con niños enfermos y obtienen resultados positivos aquellos tratamientos que consiguen mejorar su estado. Aún así, no todos los padres están dispuestos a que sus hijos formen parte de un experimento. En general, están más abiertos cuando el niño sufre una enfermedad crónica o grave. Hay que tener en cuenta que, además de los riesgos, participar en un estudio puede exigir que el niño se desplace una o dos veces por semana desde su domicilio al hospital, que a veces se encuentra a 100 o 200 kilómetros de distancia.[pagebreak]

Cuanto menos, mejor

La problemática de los medicamentos infantiles obliga a racionalizar y minimizar los tratamientos con sustancias de síntesis. De hecho, el grueso de productos de farmacia que consumen los niños se utiliza para tratar innecesariamente enfermedades pasajeras que el organismo puede superar solo con descanso y alguna ayuda natural y suave. Ciertos medicamentos, como los antibióticos y los antipiréticos, incluso pueden retrasar la curación o favorecer las recaídas, las alergias y otros trastornos.

La mayoría de los trastornos infantiles comunes se pueden tratar sin necesidad de recurrir a sustancias que pueden sobrecargar el delicado organismo de los pequeños. Por ejemplo, los menores de seis años no debieran consumir los medicamentos contra la gripe y los resfriados que se venden sin receta. No solo no son necesarios, sino que pueden provocar graves efectos secundarios, como urticaria, mareos, dificultad para respirar e incluso la muerte. Son riesgos innecesarios porque para el alivio de los síntomas basta con utilizar gotas salinas nasales que eliminan la mucosidad, tomar miel y beber líquidos para la tos y vahos para la congestión.

Tratamiento de la fiebre

El tratamiento convencional de la fiebre lleva a consumir innecesariamente grandes cantidades de medicamentos durante los primeros años de vida. En ocasiones, los padres nerviosos pueden mezclar productos contraindicados y provocar daño hepático.

La fiebre forma parte de la respuesta defensiva del cuerpo contra las infecciones víricas y bacterianas. No es perjudicial si no es excepcionalmente alta. El enfoque natural consiste en mantener al niño fresco, vistiéndole con ropa ligera y amplia de algodón. Es importante que el niño beba agua, infusiones y zumos. Se puede controlar la fiebre con compresas tibias (no frías) sobre la frente, en las muñecas y las pantorrillas. También se puede pasar una esponja empapada en agua templada por el cuerpo del niño.

Los niños tienen una gran capacidad de recuperación y pueden superar algunas enfermedades con ayudas suaves

Otro motivo para la administración innecesaria de antibióticos son las infecciones del oído medio, que cursan con fiebre y dolor. La mayoría de médicos suelen recetarlos de manera automática, a pesar de que los estudios han demostrado que no mejoran la evolución de la enfermedad y favorecen su repetición. Las recomendaciones son vigilar constantemente el estado del niño, mantener el aire de la habitación humidificado y aplicar compresas humedecidas con agua tibia sobre el oído afectado. Los síntomas normalmente desaparecen por sí solos en dos o tres días como máximo. Si no es así o aparecen otras molestias (dolor de cabeza, mareo, inflamaciones…) hay que volver al médico.

Cuidado de la piel

El eccema de los niños se trata convencionalmente con cremas esteroideas o antihistamínicos. Ambos medicamentos tienen efectos secundarios amplios y deberían reservarse para los casos graves. La estrategia natural consiste en evitar el contacto con alergenos, vestir al niño con ropa de algodón, preferentemente ecológico, y cortarle bien las uñas para que no se haga daño al rascarse. Además, hay que aplicar varias veces al día y de manera generosa una crema natural emoliente sobre el eccema, evitando el contacto de jabones y geles. Un baño de avena coloidal (se vende en farmacias) alivia eficazmente las molestias.

Las plantas medicinales, los aceites esenciales, la homeopatía y los suplementos nutricionales son en general más seguros que los medicamentos, pero la sensibilidad del organismo infantil hace recomendable que se consulte con el pediatra naturista antes de utilizarlos. Que sean naturales no significa que no se puedan producir sobredosis, efectos indeseables o contraindicaciones. Sobre todo es importante que el profesional realice el diagnóstico correcto y controle la evolución del niño.

Plantas medicinales recomendables

En ocasiones extraordinarias los fármacos pueden salvar la vida del niño, pero los trastornos leves más frecuentes pueden tratarse perfectamente con homeopatía y plantas medicinales.
PROBLEMAS RESPIRATORIOS. Son plantas adecuadas para los niños el tusílago (expectorante), el marrubio blanco (tos, bronquitis), la regaliz (tos seca), el hisopo y el gordolobo (anginas). El dolor y las molestias que acompañan la gripe pueden aliviarse con saúco, tila y menta. Y para prevenir los resfriados se puede tomar equinácea y ajo en las comidas.
PROBLEMAS DIGESTIVOS. Son recomendables las plantas ricas en aceites que relajan y reducen la inflamación. Están presentes en la manzanilla, la melisa, la hierbaluisa, el eneldo, el hinojo y la menta y el anís. Para la diarrea resulta eficaz la ulmaria, que reduce la acidez y las náuseas.
NERVIOSISMO. Actualmente los niños están sometidos a un exceso de estímulos que les pueden estresar. Algunas plantas tienen suaves efectos relajantes como la manzanilla, la tila, la lavanda, la escutelaria, el trébol rojo y la amapola de California o dedal de oro.