Hacia un mundo más pequeño

10.4.2013
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El descalabro de nuestro sistema económico va a conducirnos a un mundo “más pequeño” y a una nueva psicología.

El analista económico 
Jeff Rubin, especialista en precios del petróleo, fue despedido del banco para el que trabajaba por anunciar el fin de la globalización. En su ensayo Por qué el mundo está a punto de hacerse mucho más pequeño, se dedicaba a desgranar por qué estamos a punto de entrar en una cultura basada en los productos locales, una tendencia cada día más clara.

Nos acostumbraremos nuevamente a la cultura local y artesana

 

La predicción que hace del fin de los excesos que han caracterizado el mundo globalizado está basada, justamente, en el petróleo. Su tesis es: cuando se termine esta crisis y se reactive nuevamente la maquinaria del capitalismo, el precio del crudo volverá a subir, lo cual modificará para siempre nuestro actual modo de vida. En sus propias palabras: “Cuando el barril de petróleo vuelva a costar tres dígitos, esto acabará con la cultura low cost y demostrará que la globalización ha sido un sueño o una pesadilla, pero que, en cualquier caso, es económicamente insostenible. Ya era ecológicamente inviable, pero ahora también lo será desde un punto de vista financiero. Tomaremos el avión, pero no para ir a Vietnam unos días de vacaciones, sino en ocasiones muy determinadas y pagando un precio muy alto, tal como sucedía antes”.  

El mundo que viene

Las consecuencias de lo que augura este economista canadiense van mucho más allá del ámbito financiero, ya que afectarán a nuestro estilo de vida. Jeff Rubin prevé el retorno de las fábricas que hoy están en Asia, porque el combustible será tan caro que no saldrá a cuenta transportar hasta aquí los productos, por muy barata que resulte la fabricación. Cuando el transporte sea tan costoso que se convierta en un lujo, tendremos que volver a producirlo todo nosotros y más cerca: desde los granos de arroz hasta la maquinaria. Lo que en tiempos de nuestros abuelos era exótico y caro, volverá a ser exótico y caro. Es decir, nos acostumbraremos nuevamente a la cultura local y artesana.

Esto terminará con excentricidades como las que denuncia este autor: “¿Qué es lo más refrescante que se puede hacer en Dubai en una tarde de sol abrasador? Esquiar. Afuera, muy probablemente se pueda cocer un huevo frito sobre el capó de un coche, pero todos los días se dispone de una sorprendente pista de nieve para esquiar o, como se publicita en los anuncios, simplemente para jugar con ella. Ski Dubai y el inmenso recinto cerrado en el que se ubica consume la energía equivalente a 3.500 barriles de petróleo al día. Todos los días visitan el centro prácticamente el mismo número de personas. Es fácil echar cuentas: para mantener este estilo de vida sería necesario un barril de petróleo por persona y día”.

Según las tesis de Rubin, llegará un momento en el que el crudo será tan escaso y tendrá un precio tan desorbitado –se ha dejado el petróleo más costoso de extraer para el final– que algo así será inimaginable. Y no hablamos sólo de tener nieve en el desierto. El fin de la globalización económica nos permitirá recuperar la medida de las cosas.

La buena noticia es que el descalabro de nuestro sistema económico va a conducirnos a un mundo “más pequeño” y a una nueva psicología. Esto no significa regresar a una cultura conservadora ni renunciar a los beneficios de la era Internet, que nos permite comunicarnos instantáneamente con cualquier persona en cualquier lugar del planeta. Tal como concluye el filósofo Fernando Savater: “Se puede estar a favor de la globalización y en contra de su rumbo actual, lo mismo que se puede estar a favor de la electricidad y contra la silla eléctrica”.

Satisfacción inmediata

Dejando un momento de lado las predicciones de Jeff Rubin, es interesante analizar desde el punto de vista psicológico qué nos ha llevado hasta el actual estado de las cosas. ¿Cómo y por qué hemos pasado de consumir lo que necesitábamos a una cultura de hiperconsumo compulsivo? Es una larga historia que nos remite a los inicios de la revolución industrial, cuando millones de personas dejaron la vida en el campo para entregarse a talleres y fábricas donde realizaban tareas tan agotadoras como repetitivas. Con el paso de las décadas, los trabajadores fueron ganando derechos, una mejor remuneración y tiempo libre, pero eso no evitó el principal de los males: a la mayoría no le gustaba el trabajo que realizaba.

El problema del capitalismo es que recompensa la peor parte de nosotros como especie: una actitud despiadada, competitiva y manipuladora

Cuando alguien consume la mayor parte de su vida –contando los desplazamientos de ida y vuelta al trabajo– haciendo algo que no le gusta, la mente reclama una compensación. Como el niño que aborrece la escuela y, a la salida, come chucherías para resarcirse, el capitalismo se sustenta de esa necesidad de placer inmediato que oculta un tipo de vida que no nos satisface. Por eso, hasta el estallido de la crisis económica, trabajadores de todo rango contrataban vacaciones en el Caribe o se endeudaban cambiando de coche o comprando una segunda residencia. Era nuestra manera de hacer nieve en el desierto después de una jornada abrasadora.

Ahora que la fiesta parece haber terminado, empezamos a darnos cuenta de que quizás el paraíso en el que creíamos vivir no era tal. Como argumenta el analista político norteamericano Michael Parenti: “El problema del capitalismo es que recompensa la peor parte de nosotros como especie: una actitud despiadada, competitiva y manipuladora, así como los impulsos de satisfacción inmediata; mientras que las virtudes como la honestidad, la compasión, el juego limpio, el trabajo duro, la justicia y la preocupación por los demás obtienen poca gratificación, cuando no se convierten directamente en una desventaja o en un obstáculo para prosperar”.

La asignatura de humanizarnos

El ritmo frenético de la globalización, que nos exigía rapidez y productividad, nos llevó a vivir de los créditos y a derrochar dinero en el tiempo libre. En nuestra carrera hacia ninguna parte nos habíamos deshumanizado y no ha sido hasta ahora, cuando nos encontramos en un callejón que tiene difícil salida, que nos hacemos de nuevo preguntas. ¿Es posible reformar nuestros valores dentro de este mismo sistema? ¿O eso sólo se conseguirá con un radical cambio de escenario?

Novelas como La carretera de Cormac McCarthy o Fin de David Monteagudo nos presentan un futuro temible en el que tendremos que empezar de nuevo a partir de la nada. Sin embargo, incluso un crítico tan implacable como Noam Chomsky ve una esperanza para nuestra especie, si somos capaces de tomar otro rumbo: “La civilización industrial moderna se ha desarrollado siguiendo un impulso principal, la ganancia individual, que se ha aceptado como legítima e incluso como digna de elogio, porque se basa en la idea de que los vicios privados aportan valor al beneficio general. Hace tiempo, sin embargo, que estamos comprobando que una sociedad basada en este principio está abocada a su destrucción. Sólo podría sobrevivir si las fuerzas destructivas de los humanos fueran limitadas y el planeta tuviera recursos ilimitados, como un cubo de la basura sin fondo. Actualmente, la especie humana debe elegir entre dos posibilidades: o la población toma el control de su destino, guiada por los valores de la solidaridad, la empatía y la preocupación por los demás, o bien perdemos el control de nuestro destino y, por lo tanto, la esperanza de sobrevivir”.

Hasta ahora, la degradación del medioambiente era un barómetro de la falta de madurez psicológica que caracteriza a nuestra especie. En ese sentido, el fin de la burbuja inmobiliaria y el colapso de los países industrializados nos han hecho despertar de este sueño que, como comentaba Jeff Rubin, tenía visos de pesadilla.
¿Y ahora qué?, podemos preguntarnos. Si se cumple el pronóstico del economista canadiense y regresamos a un mundo más pequeño, la humanidad estará a tiempo de afrontar su asignatura pendiente: humanizarse.

¿Un mundo feliz?

El autor de Por qué el mundo está a punto de hacerse mucho más pequeño nos pinta un futuro cercano bastante más idílico que el de las novelas catastrofistas mencionadas: “Pronto nuestros alimentos procederán de un campo muy próximo a nuestra residencia, y las cosas que compremos probablemente vengan de una fábrica de los alrededores, y no de alguna parte lejana del mundo. Casi seguro que iremos menos en coche y andaremos más, y esto quiere decir que compraremos y trabajaremos más cerca de casa. Nuestros vecinos y nuestro barrio adquirirán entonces una mayor importancia”.

Volver a los orígenes

Si vamos efectivamente hacia un mundo más pequeño, esto último también hallará remedio seguramente, ya que los supermercados se sustentan en una gran variedad de productos que llegan de todas partes, en cualquier época del año. Desde el momento en que dependamos de la producción local, también las tiendas encogerán y ofrecerán un surtido mucho más limitado de artículos, según cada temporada.

“Ha de haber algo más en la vida que tenerlo todo”, decía el escritor Maurice Sendak

Muchos pueden pensar que la predicción de Jeff Rubin es poco más que un cuento de hadas y que vamos, sin duda, hacia la destrucción del planeta. Pero debemos reconocer que nunca como ahora la humanidad ha tenido la oportunidad de rectificar el rumbo y reinventarse.

Vamos a ser originales, en el sentido al que se refería Gaudí cuando hablaba de “volver a los orígenes”, y preparar el escenario para el fin del low cost. Cuando el barril de petróleo vuelva a costar más de 100 dólares y acabemos de darnos cuenta de que, por ese camino, no llegamos a ninguna parte, entonces surgirá la alternativa de otro mundo.

Tal vez no volvamos a vivir en aldeas ni podamos desplazarnos al trabajo en bicicleta, pero habremos recuperado la mesura de las cosas. Y, lo más importante, nos habremos dado cuenta de que, como decía el escritor Maurice Sendak, “ha de haber algo más en la vida que tenerlo todo”.