Un dormitorio eco y sano

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Son muchas las horas que pasamos en nuestra habitación a lo largo de la vida, por eso es fundamental que los muebles y el entorno de la cama sean sostenibles y muy acogedores.

Repasamos las condiciones que deben cumplir los colchones, la ropa de cama, los muebles... 

El dormitorio es la habitación para la conexión con uno mismo a través de los sueños, la lectura o la meditación en soledad, y también para el encuentro íntimo. Además, es el espacio destinado al descanso y a la recuperación física y mental. Por eso debería cuidarse la calidad de cada elemento presente en él, empezando por el colchón.

A veces, los tópicos son ciertos y resulta inevitable recordarlos. Pasamos un tercio de nuestras vidas tumbados en la cama, así que vale la pena que lo hagamos sobre un colchón que juegue a favor de la salud y de la comodidad. Un problema es que muchos modelos contienen derivados del petróleo en forma de nailon, poliéster y poliuretano, que cuando son nuevos emiten compuestos orgánicos volátiles, asociados con problemas respiratorios.

 

También pueden estar tratados con productos antimanchas, colas e impermeabilizantes que liberan formaldehído, sustancia irritante en cuya producción se libera el cancerígeno ácido perfluorooctanoico. Por otra parte, los colchones fabricados antes de 2004 pueden contener pirorretardantes bromados, que se han relacionado con alteraciones en el desarrollo intelectual de los niños. Para evitar estos riesgos, conviene conocer los pros y los contras de los distintos modelos de colchones.

Tipos de colchones

De muelles. Suelen ser cómodos y permiten la transpiración, algo esencial para un buen descanso y para mantener la temperatura ideal del cuerpo. Son preferibles los de muelles independientes, que se adaptan mejor a las formas del cuerpo, y los que recurren a la lana y al algodón como materiales de amortiguacion y de forrado en lugar de a la espuma y a los tejidos sintéticos. Hay que tener en cuenta que los ácaros se multiplican fácilmente en los colchones de muelles.

De látex. Están de moda, pero su cuota de mercado todavía no llega al 20%. Son cómodos, se adaptan muy bien a la silueta corporal y dejan pasar el aire, siempre que se utilice un somier de láminas de madera. Una de sus grandes ventajas es que no permiten la anidación de los ácaros. Son, en general, más duraderos que los de muelles, especialmente los fabricados con látex artificial, pero éste se obtiene del petróleo. La alternativa es el látex natural procedente del árbol del caucho. Una desventaja es que algunas personas son alérgicas al látex  y no pueden usar este tipo de colchones.

De espuma. Son los más baratos y menos recomendables porque están hechos de materiales derivados del petróleo que no dejan respirar al cuerpo y que son de imposible reciclaje tras su vida útil. Los modelos de baja densidad –menos de 35 kg/m3– se hunden demasiado bajo el peso corporal y, por ese motivo, sólo se recomiendan para un uso ocasional.

Elásticos. Incorporan la última tecnología en colchonería: un gel viscoelástico que cede ante la presión y la temperatura corporal. Su publicidad afirma que la sensación es de ingravidez, quizá porque el material fue inventado en el seno de la NASA. El mayor inconveniente es que se trata de un derivado del petróleo, como lo es el núcleo de poliuretano al que está encolado en la gran mayoría de los modelos. Como en los colchones de espuma, la transpiración es insuficiente y puede generar demasiado calor.

Sea cual sea el colchón elegido, es importante que su dureza se adapte a las necesidades personales. Conviene establecer un periodo de prueba con el vendedor, porque unos segundos no bastan para calibrar los efectos de un producto que debe durar entre 10 y 20 años.

Con etiqueta ecológica europea

La empresa zaragozana Somma Confort ha obtenido la etiqueta ecológica europea para su modelos Naturlatto, confeccionados con látex natural. Posee, además, modelos elaborados con celulosa, soja y bambú, completamente biodegradables. En general, se recomiendan todos los colchones elaborados a partir de látex natural y otros materiales como la lana, el algodón o la fibra de coco. Esta última, junto con la lana y el látex tienen mucho éxito en el sector de los colchones de primera infancia, pero como algunos no permiten una circulación óptima del aire, es necesario recordar que el bebé debe dormir boca arriba para reducir el riesgo de muerte súbita.

Somieres y estructuras de cama

Toda la responsabilidad del descanso no es del colchón. Otro elemento fundamental es el somier, el componente más oculto de los “sistemas de descanso”, antes llamados camas. El somier de muelles ya ha desaparecido por suerte del mercado, pues deformaba los colchones y de paso, las espaldas. Ha sido sustituido por los somieres de listones de fibra de vidrio, carbono o madera. Los dos primeros pasan por ser los más ligeros, modernos y avanzados, pero los más recomendables por varias razones son los de madera.   

La fabricación de fibra de carbono y de vidrio requiere la utilización de productos químicos contaminantes y mucha energía para alcanzar temperaturas por encima de los 2.000 ºC, lo que representa un consumo energético que se refleja en el precio. Además el polvo de carbono o de vidrio puede perjudicar la salud de los trabajadores. En cambio la madera es renovable, contribuye a luchar contra el cambio climático, limpia el aire y favorece la biodiversidad. Por tanto es un material idóneo, siempre que proceda de bosques sostenibles (certificación FSC) y no haya sido tratada con productos que podrían contaminar el aire o impregnarse en el colchón. La madera también es, por supuesto, el material más adecuado para la estructura. 

Además del material, otros aspectos a tener en cuenta son la cantidad de lamas, su flexibilidad, grosor y anchura (de 6 a 12 cm). Cuando más gruesas y anchas sean, mayor será la firmeza. También influye el tipo de madera. La haya es especialmente recomendable por su flexibilidad y resistencia, pero también se recurre al roble, el chopo o el pino.

El somier puede ser de rollo o de armazón. En el primer caso, las láminas se apoyan en la estructura de la cama y ceden al peso de la persona que duerme. Si es de armazón, las lamas van unidas con cápsulas basculantes, de plástico o de caucho, que les permiten pivotar vertical y horizontalmente en función de la presión que soportan. Además es muy conveniente que el somier cuente con algún sistema de refuerzo en la zona donde reposan las caderas, la de mayor peso. Por ejemplo, las lamas pueden ser más anchas, estar menos separadas en esa zona o disponer de aros de refuerzo que aumentan la rigidez de los listones. Los modelos más sofisticados están fabricados con maderas de distintos tipos y grosores para que la adaptación al peso de cada zona del cuerpo sea óptima.

Con escudo eléctrico

Los tiempos actuales han llevado a los artesanos del descanso a buscar el consejo de los científicos ante el reto planteado por la creciente contaminación electromagnética. Cada vez hay más personas que sienten molestias más o menos intensas como consecuencia a la exposición a las emisiones de aparatos eléctricos, antenas de telefonía móvil y wifis. Estas personas pueden tener una sensibilidad muy aumentada, pero probablemente las radiaciones influyen en alguna medida sobre todas las personas. En la Cama Azul, fabricantes de sistemas de descanso con estructuras y somieres de madera de haya de cultivo sostenible, han decidido enfundar los colchones de látex natural en un tejido de algodón con malla de hilos de cobre que se conecta a la toma de tierra de un enchufe normal. De esta manera, la Cama Azul absorbe y frena parte de las emisiones eléctricas, como ha certificado el catedrático José Luis Bardasano, de la Universidad Complutense de Madrid, según el director comercial, Juan Jiménez.

La ropa de cama

Una vez decidida la clase de colchón, hay que pensar en la ropa de cama, un artículo que ha pasado de ser funcional a convertirse en un objeto de decoración, ya que los diseñadores han volcado en ella toda su imaginación. De hecho, cada día menos gente usa las tradicionales sábanas blancas. El brillo sedoso, el tacto delicado y los variados dibujos de colores, cuando se emplean con buen gusto, pueden resultar tentadores, pero a menudo también revelan la presencia de una dosis excesiva de sustancias nocivas. Esto resulta preocupante cuando se trata de una tela que nos envuelve durante ocho horas diarias, a menudo en contacto directo con la piel.  

En la confección de una sábana o una funda nórdica se emplean medios que el cliente no imaginaría ni en sueños. En la fábrica, decenas de mangueras cuelgan de sendos depósitos de tinte, cuyo flujo está controlado con precisión por un ordenador que conoce todos los secretos de la creación de colores. 

Hasta hace pocos años se sobredosificaban las tintas para evitar que se terminaran antes de haber imprimido la cantidad de tela deseada. Se hacía porque las máquinas no podían pararse antes de terminar una serie, y añadir más color representaba provocar una variación del tono inicial. Además, las sustancias colorantes no eran las óptimas. Por ejemplo, se utilizaba bencidina hasta que se confirmó que causaba cáncer de vejiga en los trabajadores de las fábricas. Actualmente, en la ropa de cama no se encuentra esta sustancia, que podría causar reacciones alérgicas, ni tampoco clorofenol o glioxal, agentes que podrían alterar la función renal e irritar la piel y los ojos. Pero esto no quiere decir que los productos actuales sean idóneos. Es muy frecuente encontrar restos de formaldehído, un cancerígeno reconocido que continúa utilizándose para fijar los colores y estabilizar las fibras, de manera que luego no encojan con los sucesivos lavados. Como el comprador no sabe qué cantidad de formaldehído carga su ropa de cama, lo único que puede hacer es recurrir a su olfato: una tela con demasiado formaldehído desprende un característico y penetrante aroma, similar al del pegamento.

Sin formaldehído

Algunos fabricantes han renunciado por completo a esta sustancia y cortan los juegos de cama un poco más grandes, teniendo en cuenta que encogerán tras los primeros lavados. Las prendas sin formaldehído también necesitan más planchado, pero tienen la ventaja de que absorben mejor el sudor. Ésta es una cualidad importante porque se estima recomendable que las sábanas absorban por noche medio litro de sudor y lo evaporen a continuación. Los juegos tratados con formaldehído pierden casi toda la capacidad de absorción.

La mayoría de las ropas de cama contienen también blanqueantes ópticos, compuestos orgánicos halogenados y metales pesados como el níquel o el cobre. Estos últimos, utilizados para dar diferentes tonos a los colores o como fijadores, son especialmente preocupantes, porque contaminan de forma peligrosa el entorno y pueden llegar hasta el plato. Existen colores sintéticos libres de metales, pero tienen otros problemas; por ejemplo, pueden estar contaminados con dioxinas cancerígenas.  

Para eliminar todo rastro de color de la tela antes de ser tintada, se usan sustancias obtenidas del contaminante cloro, aunque existe la posibilidad de emplear agua oxigenada, menos sucia, con el mismo fin. El problema para las industrias es que es más cara. Muchos fabricantes quieren que las telas sean todavía más blancas y recurren a los blanqueantes ópticos, causantes de los reflejos azulados tan deseados por muchos clientes. El inconveniente es que estos agentes pueden irritar las pieles sensibles. Además, son sustancias que no se degradan en las depuradoras.

Edredones

Una opción cada vez más popular para abrigarse en la cama es el edredón de plumas. Los más vendidos son aquéllos que tienen una mezcla de 90% de plumón y 10% de pluma de pato y ganso. Las mezclas con más cantidad de pluma tienen menos propiedades aislantes. El comprador puede valorar la calidad de un edredón a partir de los porcentajes de pluma y plumón, del peso del relleno, de la existencia o no de pespuntes –cosidos que reparten la pluma homogéneamente– y de los materiales empleados. Por ejemplo, un relleno de plumas de medio kilo se puede considerar escaso para conseguir un buen aislamiento térmico, y los forros de poliéster –un material sintético procedente del petróleo– desnaturalizan el producto.

El color que tienen las plumas es irrelevante. Son tan buenos los plumones blancos como los grises. Sin embargo, los fabricantes prefieren actualmente los blancos, más caros pero más atractivos para el público. La presencia de blanqueantes ópticos en la tela, a  menudo en grandes cantidades, es inevitable, al menos en los productos convencionales, porque, según los fabricantes, el consumidor demanda blancura inmaculada. Los blanqueantes no consiguen integrarse con el tejido y pueden, debido a la acción del sudor, impregnarse en la piel, que al recibir los rayos solares puede responder con una reacción de tipo alérgico.

Es necesario ventilar y agitar los edredones de plumas a diario para que la humedad se evapore. Hay que evitar que entre en contacto directo con los rayos del sol y que se humedezca. Tampoco hay que golpearlos ni aspirarlos, ya que se deterioran las plumas. 

Deben lavarse con un programa y con un detergente especialmente formulado para la ropa delicada. Algunos fabricantes especifican que hay que lavar sus edredones en lavadoras con una capacidad superior a los seis kilos. Siempre se debe tener en cuenta lo que dice la etiqueta. Después, tenemos que dejar secar el edredón muy bien en la secadora –aproximadamente dos horas– para que no queden plumas mojadas, que podrían enmohecerse. Éste es el gran inconveniente ambiental de los edredones: su cuidado consume demasiada energía. Por otra parte, no siempre se puede garantizar que las plumas se han obtenido respetando a los animales, aunque se ha mejorado mucho en este sentido. 

Los edredones de pluma y plumón son productos adecuados para alérgicos a los ácaros. El plumaje no desempeña prácticamente ningún papel en el desencadenamiento de la alergia, a pesar de que a menudo se encuentren advertencias en sentido contrario. Quien quiera apostar sobre seguro, puede comprar un edredón con la etiqueta NOMITE, que señaliza que es un producto apropiado para las personas con alergia a los ácaros. 

No hay que dudar en tocar y calibrar el edredón antes de comprarlo. Debe ser suave, relativamente liviano, tener movilidad, buena capacidad de recuperación a la forma inicial y carecer de durezas (parte sólida de la pluma).   

Ropa de cama con ecoetiqueta

La Comisión Europea establece los requisitos que deben cumplir los textiles –entre ellos, la ropa de cama– para ser acreedores de la etiqueta ecológica europea. Por un lado, se  limita la cantidad de agua empleada en la producción de estos tejidos, así como la emisión de sustancias contaminantes a las corrientes de agua y a la atmósfera. Se exige que la presencia de residuos de plaguicidas, formaldehído, metales pesados y otros productos químicos contaminantes o irritantes sea mínima. Así mismo, certifica la calidad del tejido en cuanto a resistencia a las roturas y a la durabilidad de los colores. Aparte de la etiqueta europea, existen otros avales de garantía, como la certificación Öko-Tex para la Sustainable Textile Production (STeP). Los consumidores pueden buscar estas etiquetas en la ropa de cama.

Un ambiente sano y relajado

En cualquier lugar hay que rodearse de objetos que agraden y eliminar los que incitan a la preocupación o resultan inútiles. Pero antes de introducir cambios, debemos aligerar el armario de toda la ropa que no se utiliza. Esta operación es una oportunidad para dejar el pasado atrás.

Una de las consecuencias de la calefacción es que seca demasiado el aire, lo que provoca que las mucosas se irriten y crea dificultades respiratorias. Se puede disponer de un aparato humidificador en el dormitorio, que evitará los despertares con la garganta y la nariz resecas.  

Los colores indicados para el dormitorio son los tonos de piel de todas las razas. También los tonos pastel cálidos, así como los tonos más fuertes, como chocolate, berenjena, cobre, oro y bronce. Hay que evitar que predominen colores menos cálidos, como blanco, gris, negro, azul y verde grisáceo.

La posición de la cama hace que uno se sienta instintivamente más seguro, sobre todo si desde ella puede ver la puerta. Cada persona debe comprobar por sí misma qué orientación de la cama le sienta mejor. 

Los despertadores, cuando están enchufados a la corriente, emiten campos electromagnéticos, por eso es mejor elegir uno que funcione con pilas. El televisor y el teléfono móvil no tienen tampoco cabida en el dormitorio. 

Para crear una atmósfera sensual, nada mejor que gozar de la luz de las velas y de un quemador de aceites esenciales con propiedades relajantes o excitantes, según la ocasión (sándalo, jazmín, lavanda, nerolí...)