Mejora la calidad del aire en tu casa

12.5.2014
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Una atmósfera limpia y sana en el hogar es una garantía de bienestar para sus ocupantes.

Conoce los medios para eliminar los agentes peligrosos del ambiente interior.

Respirar aire de calidad debería ser un derecho humano y algo sencillo, pero la polución lo impide a menudo. Nos preocupa que los coches y las industrias ensucien el aire exterior, procuramos evitar esa contaminación y respirar de vez en cuando el aire puro de los entornos naturales, pero no somos conscientes del problema en los espacios interiores, sea el propio hogar o el lugar de trabajo.

Sin embargo, en los lugares cerrados la concentración de contaminantes es superior al exterior y, por tanto, los problemas potenciales que causan sobre la salud son más frecuentes y agudos. Es algo que puede ocurrir con mayor probabilidad en los edificios herméticos, como los de oficinas, en los que en ocasiones se da el llamado “síndrome de edificio enfermo”. 

 

En las ciudades, la mayoría de la gente pasa más del 90% de su tiempo en lugares cerrados, y la proporción es aún mayor entre personas vulnerables, como lactantes, ancianos y enfermos crónicos. Pocas sospechan que sus molestias pueden deberse, al menos en parte, a que respiran un aire demasiado cargado de agentes tóxicos e irritantes. 

Síntomas inadvertidos

Los síntomas –cansancio, picores, tos, cambios de humor, dolor de pecho, congestión nasal o dificultad para concentrarse– a menudo son leves y temporales, por lo que a veces se confunden con infecciones víricas, estrés, alergias o trastornos orgánicos pasajeros. Sin embargo, la exposición crónica a agentes contaminantes puede causar graves enfermedades respiratorias y cardiacas e, incluso, cáncer. 

Ni los pacientes ni los médicos están acostumbrados a fijarse en los contaminantes como origen de muchos problemas de salud. Pero lo cierto es que no hacen falta caros y sofisticados análisis para sospechar que el problema está en el aire que se respira: sensación de atmósfera viciada, olores desagradables, irritaciones en los ojos, la nariz o la garganta, rastros de moho –polvo negro o blanco en paredes, muebles u objetos– o polvo excesivo.

En cualquier caso, es posible prevenir las alteraciones adoptando las medidas necesarias para mejorar la calidad general del interior del hogar. De ese modo, no sólo se evita la aparición de trastornos, sino que aumentará significativamente la sensación de vitalidad.

Cómo limpiar el ambiente 

• Hay que evitar los COVs (Compuestos Orgánicos Volátiles). En el hogar existen una amplia variedad de fuentes emisoras de COVs, principales responsables del síndrome del edificio enfermo. Estos gases, cuya presencia es de dos a cinco veces mayor en interiores que en exteriores, son emitidos principalmente por los muebles y los paneles de madera contrachapada, las tintas de los papeles de empapelar paredes, las pinturas, las alfombras, las moquetas, los recubrimientos sintéticos, las colas, los pegamentos y los productos de limpieza típicos del hogar y de las tintorerías. Además, se encuentran en productos de uso personal como perfumes, lacas, esmaltes de uñas, pintalabios...  

La liberación de COVs se produce con especial intensidad cuando el objeto o material es nuevo. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud, el 30% de los locales nuevos o reformados pueden generar quejas relacionadas con la calidad del aire interior por este motivo.  

Los COVs se convierten en un peligro en las habitaciones donde la circulación del aire no es buena debido a que las ventanas están permanentemente cerradas. El formaldehído, muy usado en carpintería, productos para el hogar y cosmética, se encuentra en prácticamente todas las casas y su efecto es especialmente agresivo. Cuando menos, resulta irritante y la exposición crónica de personas sensibles se asocia con dolores de cabeza, adormecimiento, pérdidas de memoria, irregularidades menstruales y ciertos tipos de cáncer. Otros COVs que se hallan frecuentemente en los hogares son el amoniaco, presente en los productos de limpieza, y el percloroetileno, utilizado en las tintorerías.  

Los materiales naturales son la mejor opción para evitar la generación de COVs: maderas macizas sin tratar, parquet sin barnizar, paredes pintadas con productos ecológicos –pinturas a los silicatos–, alfombras de lana, algodón, yute, coco o algas, productos de cosmética e higiene naturales... 

La ventilación es la otra estrategia esencial para evitar la concentración de gases irritantes y tóxicos. Ante un objeto nuevo y sospechoso de emitir COVs, se puede acelerar su eliminación calentando la habitación todo lo que sea posible durante 48 horas para que se evaporen los compuestos. Por supuesto, durante este tiempo, las personas, animales y plantas especialmente delicadas deben permanecer fuera de ella. Después del calentamiento, hay que ventilar completamente al menos durante un día. 

Ciertas plantas con la capacidad de absorber los COVs pueden ser muy útiles. 

• La humedad debe controlarse para que se sitúe entre el 35 y el 45 por ciento, algo que se puede hacer con un sencillo higrómetro. Si está por debajo del límite inferior –ocurre a menudo en invierno, cuando la calefacción funciona a tope– la piel, las mucosas y los ojos, sobre todo si se lleva lentillas, se resecan. Las mucosas poco hidratadas se convierten en campo idóneo para la multiplicación de gérmenes y las probabilidades de contraer gripes, resfriados y faringitis aumentan. Los asmáticos también sufren la sequedad que irrita sus vías respiratorias, que de por sí son más vulnerables de lo normal.  

Por otra parte, la sequedad no afecta únicamente a las personas y los seres vivos, también las plantas de interior pueden perder sus hojas. Los ordenadores se averían más frecuentemente en un ambiente seco, los suelos de madera se encogen y las piezas se separan, los papeles pintados se despegan y, con frecuencia, aparecen grietas en el yeso de las paredes. 

Para controlar la humedad, conviene ventilar los espacios diariamente y no abusar de la calefacción. Cuantas más plantas interiores se tengan, mejor, porque desprenden vapor de agua a través de los estomas (poros) que se hallan en las hojas y de esa forma colaboran eficazmente en el mantenimiento de la humedad de una habitación. 

Si es necesario, sobre todo en invierno, conviene recurrir a aparatos humidificadores.

Ahora bien, un problema aún mayor suele ser el exceso de humedad, porque favorece el desarrollo de ácaros, mohos y bacterias. En consecuencia, las personas que viven en casas húmedas tienen una incidencia más alta de lo normal de enfermedades, especialmente alteraciones pulmonares y alergias.  

Los ácaros nos ponen en contacto con proteínas que disparan reacciones alérgicas en personas sensibles, mientras que los mohos liberan esporas y toxinas que entran en contacto con el sistema respiratorio. Para controlar la infestación de ácaros, lo mejor es limpiar diariamente el polvo, barriendo, aspirando y pasando un paño húmedo por las superficies del mobiliario, etc. Además, hay que utilizar pocas alfombras y lavar con frecuencia y agua caliente toda la ropa de cama. 

Para combatir los mohos no son necesarias pinturas específicas que pueden contener ingredientes altamente contaminantes. Muchos productos recurren a sustancias con efecto antibiótico que, al liberarse en el entorno, aumentan el riesgo de aparición de bacterias resistentes peligrosas para la salud humana. La mejor opción es evitar la humedad de raíz. La contaminación por  mohos puede originarse en inundaciones, filtraciones desde los techos o las canalizaciones de agua, alfombras o moquetas continuamente húmedas, así como en una mala ventilación del baño o la cocina. Si un material celulósico, como papel, madera o pladur, se moja y no se seca completamente en 48 horas, las colonias de moho se propagan e invaden el aire de esporas. 

La colonización del ambiente con bacterias es más rara y suele producirse paradójicamente por culpa de los aparatos que se utilizan para mejorar la calidad del aire, como aires acondicionados, deshumidificadores y humidificadores, pues suelen tener reservorios de agua que sirven de caldo de cultivo.  

Las bacterias pueden dar lugar a enfermedades como la salmonelosis y la tuberculosis, cuya incidencia está aumentando debido a la creciente aglomeración en las ciudades. Incluso existe una llamada “fiebre de los humidificadores”, una enfermedad parecida a la gripe marcada por fiebre, dolor de cabeza, escalofríos, dolores musculares y malestar general, pero sin síntomas pulmonares importantes. Lo fundamental es mantener limpios y secos los conductos y los filtros de los sistemas de aire acondicionado o calefacción para evitar la proliferación de gérmenes. 

La humedad excesiva se previene evitando la condensación, que es consecuencia de la diferencia de temperatura entre el interior y el exterior. Por eso, hay que limitar la temperatura interior a un máximo de 20 grados. Resulta imprescindible ventilar y, si es necesario, recurrir a los extractores en cocinas y baños. Si a pesar de todo, la humedad continúa siendo elevada, debemos consultar a un especialista para que revise el aislamiento de la vivienda.  

No utilizar plaguicidas. No son un problema únicamente en la agricultura: el uso de plaguicidas es también muy frecuente en las ciudades, con el agravante de que se utilizan en espacios cerrados.

Los plaguicidas que se venden para uso casero, como las tiras impregnadas, los pulverizadores y las bombas, incluyen una variedad de compuestos químicos que ocasionan daños irreversibles sobre los sistemas nervioso y hormonal. Incluso pueden favorecer el desarrollo de cánceres.  

La intoxicación aguda, por exposición a dosis altas de plaguicidas; o crónica, por culpa de dosis pequeñas pero constantes, son la principal causa de la enfermedad ambiental idiopática, también llamada “sensibilidad química múltiple” o “alergia total”. 

Hasta las bolas de naftalina emiten pequeñas cantidades de sustancias peligrosas. En su lugar hay que recurrir a medios naturales para controlar las moscas, las hormigas y las cucarachas.  

• Quitarse los zapatos. Puede parecer que los zapatos no tengan mucho que ver con la calidad del aire. Sin embargo, quitárselos en cuanto se entra en casa evita que el polvo y la atmósfera interior se carguen de plaguicidas y plomo. Éste es un metal pesado muy tóxico, cuyos efectos son especialmente graves sobre el sistema nervioso de los niños. Aunque los combustibles para el transporte ya no contienen plomo, el que se ha empleado durante décadas se encuentra depositado sobre el asfalto y las aceras que pisamos. 

El plomo se desprende también de las superficies coloreadas con pinturas antiguas, ya que actualmente no está permitido su uso. Por otra parte, quemar periódicos o revistas en la chimenea libera al aire el plomo contenido en las tintas de impresión. También hay que tener en cuenta el contenido de plomo en materiales de artesanía, como los usados en cerámica y vidrio.

Es fácil imaginar que la reunión de un poco de cada uno de los problemas señalados es suficiente para crear un ambiente irrespirable, dado que, en conjunto, forman una especie de sopa tóxica de la que es difícil escapar. La buena noticia es que las medidas para evitarlo son muy sencillas y que los efectos se notan en cada bocanada de aire limpio que respiramos.

Guía de aparatos purificadores

Abrir las ventanas durante el tiempo suficiente es todo lo que se necesita para refrescar una habitación, y hay que hacerlo incluso en los días más fríos. Pero en ocasiones especiales, en ambientes cargados donde el aire no puede circular, o en hogares de personas alérgicas o ancianas, que son más proclives a tener problemas respiratorios, se recomienda el uso de un purificador de aire. 

Hay varias clases, desde modelos de sobremesa –de eficacia limitada– hasta sofisticados aparatos. Los mejores son los llamados “de alta captación” o “de alta eficiencia”, capaces de absorber las partículas más pequeñas, las bacterias e, incluso, los compuestos orgánicos volátiles. 

La eficacia del aparato se sabe por dos medidas que el fabricante debe proporcionar: la eficiencia en la captura de contaminantes y el volumen de aire que es capaz de filtrar en un minuto. Para una habitación de 2,5 metros de altura y 20 metros cuadrados, se necesita un ratio de cambio de aire de 100 m3 por hora. En el caso de los aparatos fijos, que funcionan permanentemente, basta con un rendimiento de 50 m3 cúbicos por hora

La calidad de los filtros es otro aspecto importante. Los más eficientes, que pueden eliminar partículas de tamaño inferior a una micra, son los HEPA (High Efficiency Particle Arresting). Si, además, el aparato cuenta con filtros de carbón activo, podrá eliminar una proporción mayor de los peligrosos COVs. El sello alemán RWTÜV se concede a los filtros de aire capaces de retener todas las esporas y el 99% de las bacterias. Algunos purificadores incorporan un emisor de iones negativos con efecto relajante.