"Al expandir la consciencia, captamos la energía de los seres vivos"

0 comentarios

Josep Maria Fericgla es antropólogo y dirige talleres donde se experimenta la expansión de la consciencia y la catarsis de vivir la propia muerte.
 

Antes de que empecemos esta entrevista, Josep Maria hace un sinfín de preguntas, muchas más de las que yo le planteo después. Me muestra así una faceta importante de su personalidad: una gran curiosidad por todo lo que le rodea. Josep Maria es doctor en Antropología y especialista en antropología cognitiva, etnomusicología, etnopsicología y chamanismos, y esa curiosidad le llevó hasta la Amazonia, y antes al Kurdistán y al Magreb, para realizar estudios de campo. Fundó la Societat d'Etnopsicologia Aplicada i Estudis Cognitius (Sd’EA) y el centro Can Benet Vives, donde dirige los conocidos talleres catárticos de Integración Vivencial de la Propia Muerte, entre otros, por los que han pasado miles de personas.
 
¿La forma en que respiramos puede modificar nuestros sentimientos?
La respiración es el principal alimento para los humanos. La modificación de la respiración puede transformar nuestra fisiología, nuestro estado de ánimo, de consciencia, nuestros ritmos vitales...

La modificación de la respiración puede transformar nuestro estado de ánimo

 

Usted ha creado la técnica de respiración holorénica. ¿En qué consiste?
Es una técnica de respiración rápida que elaboré hace quince años y que expande la consciencia. Pero, aunque yo le puse el nombre, no es nada nuevo. La elaboré a partir de técnicas de respiración centenarias sufíes (el zikr), del pranayama yóguico, de técnicas chamánicas que aprendí en la Amazonia, también a partir de la respiración holotrópica de Grof. La respiración holorénica produce una hipoxia en el cerebro, o sea, una caída de oxígeno, pero no es peligrosa y conduce a un estado de expansión de consciencia que permite a las personas conectar con dimensiones espirituales o transpersonales. Con ella se puede desde revisar la propia existencia hasta curar trastornos físicos, porque algunos problemas físicos tienen que ver con nudos psicológicos, y con la respiración se resuelven...

¿A qué se refiere exactamente cuando habla de expandir la consciencia?
La consciencia es una función de la atención: allí donde una persona pone la atención, aquello se hace consciente para la persona. Generalmente, la atención la dirigimos a unos focos muy concretos, sea el mundo externo o el mundo interno, y los objetivos hacia los que dirigimos la atención prácticamente siempre son culturalmente condicionados: por ejemplo, en nuestra cultura no damos valor a los sueños, excepto en el psicoanálisis; en cambio, en otras culturas, las personas ponen mucha atención a lo que sueñan cada día porque, a partir de esto, deciden sobre su vida cotidiana. En el estado expandido, la consciencia abre su foco y podemos dirigir la atención a niveles de realidad en los cuales no ponemos atención y que, de hecho, la mayor parte de la gente ignora que existan. Por ejemplo, puede darse una expansión hacia nosotros mismos, como sucede en los talleres que dirijo, donde la mayoría de las personas toman consciencia de pasajes de su vida que estaban completamente olvidados o censurados porque habían sido momentos vergonzosos o dolorosos; de pronto, la persona se da cuenta de esos momentos que condicionan desde la sombra su quehacer diario. También se puede expandir la consciencia hacia fuera y captar la energía de los seres vivos, de los lugares, la relación entre unas plantas y otras...

Las personas que tienen miedo a morir son las que no viven

¿Es solo una sensación o puede llegar a verse realmente?
Cuando cinco personas ven lo mismo estando en un estado de consciencia expandida, no hay duda de que hay algo de objetivo en lo que están viendo, no son solo delirios o fantasías compensativas, como se llaman en psicología. Se entra en un estado en el que la atención se abre a un campo más amplio –a veces inverosímilmente más amplio– del que la persona está acostumbrado a ver.

Uno de los talleres que dirige tiene un nombre que asusta un poco, Integración Vivencial de la Propia Muerte...
Hace casi dos décadas, estuve viviendo una larga temporada en la Amazonia haciendo investigación científica dentro de mi ámbito, que es la etnopsiquiatría y la antropología cognitiva, y regresé con la idea clara de que debía aportar algo a mi mundo además de las clases universitarias que impartía y de los libros que publicaba. Me di cuenta de que el gran agujero en nuestro mundo es la muerte, el miedo a morir. Hoy día los Estados nos manejan gracias a la angustia y la ansiedad que nos produce la negación de la muerte. Vivimos en sociedades que en antropología llamamos tanatofóbicas, y tememos no solo la muerte física sino todo lo que significa: pérdida del ego, de propiedades, de identidad, locura... Pero las personas que tienen miedo a morir son las que no viven. En este sentido, las sociedades tradicionales lo tienen muy claro, de ahí todos los ritos iniciáticos en los cuales las personas mueren –en un cierto sentido– para regenerarse: tomando sustancias alucinógenas muy potentes por ejemplo, y enloquecen durante unas horas, o hacen sacrificios... Así que, cuando volví, pensé que lo mejor que podía hacer era buscar una vía para mí y para mis contemporáneos para dejar de temer a la muerte, y por eso creé estos talleres. En realidad, son auténticos ritos iniciáticos, de transformación.

¿Qué sucede en esos talleres?
No es eufemismo que se llamen de la integración de la propia muerte, porque lo que se experimenta es eso. Ya han venido miles de personas y ven su vida como una película rápida. Descubren dónde están atascados, qué los ha nutrido para evolucionar como seres vivos, qué les ha impedido caminar, etc. Hay una caída no peligrosa de oxígeno en el cerebro y es, fisiológicamente hablando, el estado más cerca de la muerte que puede conseguirse sin perder la consciencia. Los talleres son terapéuticos porque fundamentalmente son una catarsis. Uno puede experimentar su disolución y sirve de descarga de las presiones emocionales que todos llevamos dentro, conscientes e inconscientes. Después, una segunda parte es de carácter extático, de verse uno a sí mismo desde fuera. Es cierto que no todo el mundo vive esto; en este proceso de disolverse cada persona llega hasta donde sus propios miedos le permiten. Pero yo diría que casi el 90 por ciento de las personas consigue llegar a ese estado de consciencia porque hay muchas horas previas de preparación. 

Somos una sociedad clínicamente enferma, donde el 25% de los jóvenes están diagnosticados de depresión y dentro de 10 años será el 40 % de los jóvenes. ¿De qué estamos enfermos? De falta de integridad, de autenticidad...

¿Y en ningún momento hay peligro, ni siquiera para personas que sufran ataques de pánico o ansiedad?
No, solo hay un cierto peligro en personas que tienen enfermedades psiquiátricas profundas, como esquizofrenia o psicosis, por eso hacemos tests de diagnóstico de personalidad antes de empezar, entrevistas privadas a cada persona... con lo cual nos ahorramos sorpresas. Pero no es peligroso para personas que tienen miedo, puesto que esto no es una enfermedad. Al revés, para muchos trastornos es terapéutico: muchas personas que toman ansiolíticos, pastillas para dormir, después ya no las necesitan. La Universidad Autónoma de Barcelona ha realizado una investigación y ha concluido que un fin de semana consigue resolver anomalías a veces crónicas. Y, gracias a una investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, hemos descubierto que después del taller, baja el nivel de acidez del cuerpo.

Decía antes que padecemos de tanatofobia, ¿qué carencias tenemos a la hora de afrontar la muerte?
Falta del sentido de la vida. Somos una sociedad clínicamente enferma, sin disimulo, donde el 25% de los jóvenes están diagnosticados de depresión y la OMS prevé que dentro de 10 años será el 40 % de los jóvenes. ¿De qué estamos enfermos? De falta de integridad, de autenticidad... El patrón consumista no es solo económico sino también el de nuestras vidas. Vivimos para consumir, no para ser. Estos talleres, no solo el de la muerte, devuelven la atención al propio sujeto, a su mundo interno, a su forma de relacionarse con los demás, a sus patrones emocionales, por eso las personas que salen ya no toman ansiolíticos, porque se han encontrado consigo mismos.

Por su trayectoria, ha trabajado con enteógenos, sustancias que, ingeridas, provocan un estado modificado de la consciencia. ¿Qué diferencias hay entre usar plantas tan potentes como la ayahuasca y la respiración holorénica?
Son caminos distintos para conseguir estados de consciencia expandida. Cada sustancia abre espacios internos del ser humano específicos, se accede a ellos con esta cerradura que es la sustancia. De ahí que llamar a todo drogas psicoactivas es un error, porque es muy distinto el peyote, que toman los huicholes, de la ayahuasca, en Sudamérica, o de la amanita muscaria, ese hongo rojo que tomaban en Cataluña y todo el sur de Europa. La cerradura que abre cada una de estas llaves es distinta, y la respiración abre otra diferente. Cuantas más experiencias de expansión de consciencia, más alma tiene una persona, porque cada una de estas cerraduras crea un espacio interno. Por ejemplo, la ayahuasca es muy visionaria, en cambio la respiración holorénica no lo es, pero tiene un factor de voluntad que es fundamental: si uno deja de respirar de acuerdo a las pautas que indico, se acaba el efecto; sin embargo, si uno toma un enteógeno, hasta que no pase el efecto químico estás atrapado. Esta es una diferencia enorme porque sabes que puedes dejarlo si no soportas lo que están viendo.

Cada uno ve lo que cree y así construimos nuestro mundo

Usted ha dicho en alguna ocasión que "no creemos en lo que vemos sino que vemos lo que creemos". ¿Qué sentido profundo tiene esta frase?
Que el mundo no es como es, sino como cada uno lo ve. Cada ser humano vive dentro de una maqueta, y en esta maqueta lo que prima son las autojustificaciones. Pasamos el 93% por ciento de nuestro tiempo en un parloteo interno y, si uno se fija, de lo que se trata es solo de estar justificando mis actos, mis relaciones, mis reacciones... En nuestra cultura, lo que más se alimenta es el ego, todo el día estamos con el yo, yo y mis deseos. Cada uno ve lo que cree y así construimos nuestro mundo. Y luego estas creencias las pasamos a materia, acabamos viendo fuera de nosotros lo que creemos en primer lugar. Es falsa la frase de Descartes de no creer hasta ver. Para los indígenas amazónicos el mundo está poblado de espíritus ancestrales y ellos los ven, sueñan con ellos, toman ayahuasca para entrar en su mundo y poder negociar cosas. En cambio, aquí, si alguien dice ver espíritus pululando por el despacho, avisarán a los señores de la camisa de fuerza para que se lo lleven. Creamos el mundo al creer en ciertas cosas. La idea clásica de que el mundo es como una habitación negra y que los científicos vamos con una linterna iluminando y descubriendo lo que ya está ahí es falsa. En estas últimas décadas, lo que se ha puesto de relieve es que con la linterna vamos creando el mundo.

Recomiéndenos un ejercicio sencillo de respiración para momentos emocionales turbulentos.
Lo que hacían nuestros abuelos: abrir los brazos y respirar profundamente, aguantar tres o cuatgro segundos el aire y dejar espacio para que entren cosas nuevas dentro del pecho, del corazón, de la tripa... Sería buenísimo que todo el mundo se acostumbrara a hacerlo siete u ocho veces al día, pero con los brazos bien abiertos para dejar espacio a lo nuevo.