Más allá de Greta

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Dejó su frágil estela a su paso por Madrid, justo cuando la revista “Time” hacía público y notorio el anuncio: “Greta Thunberg, Persona del Año”. Ha sido también un premio “al poder de la juventud”. Y de paso un correctivo contra todo ese tropel de adultos que se ha lanzado sin piedad sobre la “niña” de 16 años, pidiendo que vuelva de una vez al “cole” y que deje las cosas como están, que esto de la “emergencia climática” ya se pasará.

Dejó su frágil estela a su paso por Madrid, justo cuando la revista “Time” hacía público y notorio el anuncio: “Greta Thunberg, Persona del Año”. Ha sido también un premio “al poder de la juventud”. Y de paso un correctivo contra todo ese tropel de adultos que se ha lanzado sin piedad sobre la “niña” de 16 años, pidiendo que vuelva de una vez al “cole” y que deje las cosas como están, que esto de la “emergencia climática” ya se pasará.

Se marchó Greta de Madrid, desanimada ante la falta de acción en la COP25. “No estamos haciendo nada”. “No hay ningún sentido de urgencia”. “Nuestros líderes se comportan como si no hubiera una crisis”. Y en este plan. Con un inesperado contrapunto final: “Hay esperanza y yo la he visto, pero no viene de los Gobiernos ni de las corporaciones, viene de la gente. De hecho, cada vez que cambio en la historia ha venido de la gente”.

 

El paso huracanado de Greta por nuestras tierras debería hacernos reflexionar. A quienes la insultan, por el peso de sus palabras y por el lado de la historia en el que han elegido estar (Bolsonaro la ha llamado esta misma semana “mocosa”). A quienes narramos su periplo desde el principio, por el riesgo de convertirnos en hagiógrafos y olvidarnos al final del mensaje.

Hay que ir más allá de Greta, y aprovechar en todo caso la ola que ha puesto en marcha la activista sueca. A su paso por Madrid, ella misma decidió dar una paso hacia atrás y ceder la voz a los científicos, o a jóvenes de su generación repartidos por el mundo, como el irlandés Theo Cullen-Mouze, que resumió de un plumazo lo que está pasando en el mundo: “Los adultos se están comportando como niños, y por eso los niños hemos decidido comportarnos como adultos”…

“Hay que educar a los adultos sobre el clima”

Rodeada de científicos, ante un aforo desbordado, Greta Thunberg subió la temperatura de la COP25 con uno de sus ocasionales llamamientos que tanto irritan a sus detractores: “No solo hay que educar en las escuelas, hay que educar sobre el clima a los adultos. Hay que traducir los números de la ciencia para que la gente entienda la sensación de urgencia”.

Bajo el lema “Unidos tras las ciencia”, la activista sueca marcó la agenda del día durante una sesión madrugadora, arropada por científicos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU (IPCC) que recordaron a los políticos la necesidad de fijar una subida máxima de las temperaturas de 1,5 grados y de actuar en consecuencia.

“Necesitamos desesperadamente más información sobre el clima en los medios”, recalcó Greta Thunberg. “Tenemos que hacer la ciencia más accesible, porque la gente no es plenamente consciente de lo que está sucediendo”.

“Por todas las partes vemos que es el momento de actuar, pero lo cierto es que los políticos siguen sin captar ese sentido de urgencia”, advirtió William Moomaw, químico de la Universidad de Tufts y uno de los impulsores de la carta firmada recientemente por 11.000 científicos de 173 países alerta sobre la situación de “emergencia climática”.

“No solo estamos alterando el clima, sino que estamos destruyendo la biodiversidad y los sistemas que suponen el soporte de nuestra propia vida”, agregó Moomaw, que recalcó la necesidad de reducir anualmente las emisiones un 7,6% en la próxima década y rebatió el mito de la “neutralidad de carbono” en el 2050: “No podemos seguir emitiendo y “compensando” como so nada; lo que hay que hacer es dejar de emitir”.

“Nuestros pequeños actos de cada día importan, pero lo que hace falta es cambiar el sistema de alimentación, el sistema de transporte, el sistema de producción industrial”, recalcó por su parte Sivan Kartha, del Instituto Medioambiental de Estocolmo. “Ese cambio sistémico solo puede llegar si hay acción política, como la de acabar de una vez con los subsidios a los combustibles fósiles”.

Kartha admitió que es complejo explicar a la gente el impacto del aumento global de las temperaturas, y aún así hizo un esfuerzo por ilustrarlo: “Si no hacemos nada, las temperaturas pueden subir cinco grados. La última vez que sucedió fue al término de la ùltima Edad de Hielo que permitió la vida tal y como la conocemos hoy. Otro aumento similar de las temperaturas puede desencadenar fuerzas que pongan en riesgo nuestra propia existencia”.

“Ya vemos lo que está pasando con un aumento de un grado sobre las temperaturas en la era preindustrial”, alertó por su parte Rachel Cleetus, de la Unión de Científicos Preocupados. “En este siglo se han producido ya los 19 años más cálidos jamás registrados y los episodios de clima extremo, incendios, inundaciones, tifones y huracanes se han disparado en el 2019”.

 “Cada pequeño aumento de la temperatura cuenta, cada año cuenta, cada elección que hagamos cuenta”, recalcó por último Youba Sokona, vicepresidente del IPCC. “Nuestros informes sobre el impacto de la crisis climática en la tierra y en los océanos están ahí, al igual que el informe sobre la necesidad de limitar el aumento de las temperaturas a 1,5 grados. Lo que tenemos por delante es una transición sin precedentes y no podemos esperar”.

“Nos enfrentamos a la decepción por la falta de emergencia”

Greta Thunberg se estrenó en la COP25 con mucho revuelo y pocas palabras, precedida de una severa advertencia lanzada por ella misma en redes sociales: “Hay un riesgo de decepción en todo el proceso de la ONU por la incapacidad de reconocer que existe una emergencia”. Poco después, rodeada de jóvenes de los países más vulnerables, la activista sueca recalcó en una breve intervención: “La emergencia climática no es un problema de futuro, sino que nos está afectando ya. Hay gente que está sufriendo y muriendo hoy”.

Dicho lo cual, Greta invitó a los asistentes que abarrotaron la sala Mocha (y a la multitud que quedó fuera) a poner la mirada en el “sur global” y escuchar las voces de los activistas de Fridays for Future en Filipinas, Uganda y Chile, y también a los de Estados Unidos y Rusia.

El paso de Greta por la COP25, y la presencia masiva de jóvenes activistas dentro y fuera el recinto del Ifema, sacó a relucir el gran contraste entre la presión de la calle y la falta de acción por los parte de los representantes de 196 países al cabo de una semana. Se espera que la llegada de los representantes de alto nivel a partir del martes sirva para desbloquear las negociaciones –en especial sobre el futuro de los mercados de carbono y sobre los mecanismos de compensación de pérdidas y daños- y dar un impulso en la recta final comparable al de la conferencia de París en el 2015.

Pero el escepticismo ante la llamada a la “ambición climática”, a cargo del secretario general de la ONU António Guterres, es hasta ahroa la nota dominante… Y en esto llegó la frágil Greta, con un viento huracanado de guardias de seguridad a su alrededor, perseguida día y noche por las cámaras.

“Hemos notado cierta atención mediática”, comentó muy seria. “Y creemos que es nuestra responsabilidad moral usar esa antención para dar voz a los pueblos indígenas, que han sido los primeros en ser golpeados y de una manera más rápida. Ellos han vivivido durante cientos de años en equilibrio con la naturaleza y tienen un conocimiento que podemos aprovechar en estos tiempos de crisis climática”.

No fue más allá Greta Thunberg en su debut en la COP25, como si se reservara para la intervención del martes en un acto con la comunidad científica, en el que se espera un llamamiento a limitar el calentamiento máximo del planeta a 1,5 grados. Thunberg dirá previsiblemente adiós a la cumbre del clima el miércoles, y se marchará con la sensación de que los líderes políticos no han captado aún la sensación de urgencia ante el problema.

“Mi esperanza está en el hecho de que la gente no sabe aún lo que está pasando”, escribió también la activista en las redes. “Si la gente fuera consciente, el cambio podría suceder. La democracia está en todo. Y sigue funcionando todos los días, no solo en el día de las elecciones”.

Greta cedió la palabra a jóvenes como Carlon Zackhras, de las Islas Marshall, que recordó como su país contribuye al 0,0000001% de las emisisones de CO2 y sin embargo figura en lo más alto de los países vulnerables al cambio climático: “Nuestros países están condenados a la desaparición si las aguas siguen subiendo. Estamos a menos de dos metros de nuestra simple supervivencia”.

Kisha Erah Muaña recordó cómo lo que está ocurriendo en Filipinas es un presagio de lo que le espera a millones de habitantes en el sureste asiático: “Los episodios de clima de extremo son cada vez más frecuentes y violentos. Estamos dejando datrás nuestra zona de confort y estamos entrando en la franja de emergencia climática y de seguridad alimentaria”.

La ugandesa Nakabuye Hilda Flavia denunció el “racismo ambiental” que perdura en Africa, capitaneado por la industria de los combustibles fósiles. La norteamericana Rose Whipple rompió una lanza por los pueblos indígenas y recordó la lucha de sus tribu contra un oleoducto en Minnesota. El ruso Arshak Makichyna ilustró el reto que supone declararse en huelga climática en su país, “donde te detienen por cualquier cosa”, y aún así reiteró su intención de seguir en pie de guerra: “El activismo es la solución”.

La voz de Angela Valenzuela, coordinadora de Fridays for Future en Chile, fue la última en hablar y en dejar su estela combativa resonando en el pabellón número 4 del Ifema. “Los cobardes del mundo no miran al sur”, denunció la activista, que denunció sin rodeos a su Gobierno por “lavar su imagen” en la COP25.

“No se puede actuar ante el clima sin defender los derechos humanos”, dijo. “El Gobierno chileno nos ha fallado, pero no tuvimos miedo y seguimos saliendo a la calle. Chile despertó y el mundo está despertando también (…) El neroliberalismo es un culto de la muerte. Los mercados no nos van a salvar de la crisis climática”.