Cómo evitar la inflamación silenciosa

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¿Qué tienen en común enfermedades de la civilización tan distintas como la inflamación intestinal, la arterioesclerosis, el alzhéimer, la artritis, la diabetes o las alergias? Casi siempre suelen tener su origen en una inflamación, que se mantiene durante un largo período de tiempo –años– y permanece escondida. Esta inflamación se subestima, pero puede suponer un grave riesgo.

Foto de Keenan Constance / Pexels

A pesar de que la medicina avanza a pasos agigantados, cada vez hay más personas que sufren enfermedades crónicas. Desde 1980 las denominadas “enfermedades de la civilización” se han multiplicado por tres. A pesar de que todas estas enfermedades son muy diferentes, cabe preguntarse si no es posible que tengan un origen o desencadenante común.

Nuestro estilo de vida, es decir, lo que comemos, lo que nos movemos y nuestro estado psíquico general tienen un efecto determinante sobre nuestro grado de salud. Los desequilibrios generados en alguna de estas áreas o en todas ellas, hacen que aparezca una inflamación que se mantiene oculta, incluso para los médicos en un primer examen. Sin embargo con el paso del tiempo puede llegar a cronificarse y suponer un riesgo vital. Hoy en día se estima que el 70% de todos los fallecimientos se deben a procesos inflamatorios crónicos.

Efectos en todo el organismo

Estamos sometidos a todo tipo de tóxicos ambientales. Si permanentemente penetran en nuestro cuerpo nuevas toxinas (metales pesados, partículas y gases tóxicos, ácidos grasos trans, azúcares...), los mecanismos de curación se colapsan y los procesos de inflamación se cronifican. Además, el sedentarismo, la falta de descanso y el estrés los favorecen. 

Exteriormente este proceso es apenas visible, pero se va extendiendo por nuestro interior y puede causar daños descomunales. Se va abriendo paso hacia nuestros órganos y cuando los alcanza va destruyendo el tejido. Todos los sistemas pueden verse afectados, desde el intestino (colitis ulcerosa), la pared interna de los vasos sanguíneos (arterioesclerosis), los nervios y el cerebro (demencia, Alzheimer), los huesos (osteoporosis), las articulaciones (artrosis y artritis), el páncreas (diabetes), las mucosas (alergias), los órganos reproductores (infertilidad)...

La industria farmacéutica no ha encontrado remedios adecuados para estas dolencias. Los antiinflamatorios no esteroideos (AINES) y los corticoesteroides son efectivos para reducir la respuesta inflamatoria, pero tienen muchos efectos secundarios. Por ejemplo, los corticoesteroides reducen a inmunidad y perjudican a los huesos. 

Síntomas ocultos

No existen evidencias físicas de la inflamación crónica como un enrojecimiento o una hinchazón, que son los síntomas de una inflamación aguda local. En general los síntomas son inespecíficos: agotamiento, debilidad, somnolencia... También pueden ser síntomas de inflamación alteraciones como la inquietud, el insomnio, las cefaleas, las alteraciones gastrointestinales, las intolerancias alimentarias o las infecciones recurrentes. 

Causas de una inflamación silenciosa

  • Estrés, generado por la negación de lo que sucede, pensamientos erróneos, sobrecarga mental…
  • Exceso de estimulación del sistema nervioso simpático.
  • Alteraciones de la microbiota intestinal por ingesta de antibióticos, mala alimentación con exceso de azúcares, un exceso de ácidos grasos omega-6 en relación a la de omega-3, deficiencia de antioxidantes...
  • Tóxicos ambientales (polución del aire y electromagnética, ruido... )
  • Déficit de equilibrio (para recuperarlo, el organismo necesita de relajación, ejercicio físico, descanso mental, contacto con los elementos naturales...)

Cómo reducir la inflamación de fondo

Si somos conscientes de que estamos sufriendo un proceso de inflamación silenciosa, podemos empezar a tratarlo con éxito. La estrategia es sencilla: 

  • Mantener una dieta antiinflamatoria, con mucha fruta y verduras, muy rica en omega-3, que se obtiene del pescado azul, semillas de lino y nueces o suplementos. 
  • Eliminar los tóxicos y factores inflamatorios, como el tabaco, el alcohol, los productos con azúcares añadidos o edulcorantes, elaborados cárnicos y alimentos ultraprocesados con aditivos, grasas refinadas de palma, maíz o girasol, y harinas refinadas poco saludables.
  • Llevar una higiene oral escrupulosa, ya que en la boca pueden tener su origen inflamaciones e infecciones que afectan. 
  • Cuidado de la microbiota intestinal con curas regulares de bifidobacterias y lactobacilos. Además es importante la ingesta de fibra (prebiótico) para fortalecer la digestión y la flora intestinal. Se recomiendan especialmente alimentos ricos en inulina, un tipo de fibra soluble, como el ajo, los plátanos, las manzanas, las cebollas y los espárragos.
  • Practicar diariamente 20-40 minutos de ejercicio físico con cierta intensidad (ritmo cardiaco por encima de 100 la mayor parte del tiempo).
  • Reducir el estrés en el día a día. Una meditación diaria de 10 a 20 minutos será de gran ayuda.
  • Tomar plantas y alimentos con propiedades antiinflamatorias, como el jengibre, la cúrcuma, la piña, la papaya, el harpagofito, el sauce blanco o la ortiga, el hinojo, el clavo de olor, el perejil, el chile, la pimienta, el tomillo o el orégano. 
  • La ingesta de al menos 1 g de vitamina C es también muy eficaz en caso de inflamación (puedes conseguirla con 3-5 raciones diarias de hortalizas y frutas frescas).

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